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Santorini. La isla que voló en pedazos
La actual Santorini, una isla griega con forma de
cruasán, está formada por los restos de un volcán
destripado hace 3.600 años. En aquella época existía
un gigantesco cono de mil metros de altura y 15
kilómetros de diámetro. Primero un gran terremoto
hizo huir a los habitantes de la isla; unos meses
más tarde el cráter reventó y comenzó a vomitar
cantidades descomunales de lava. La erupción duró
varias semanas y expulsó tanta materia que el
subsuelo de la isla quedó hueco. Entonces 83
kilómetros cuadrados de isla se desplomaron sobre un
abismo oceánico de ochocientos metros. El colapso
provocó olas de 120 metros, que barrieron las costas
egeas y ahogaron a decenas de miles de personas. Las
cenizas ardientes incendiaron grandes extensiones de
las tierras cercanas, cubrieron los restos de la
isla con una capa de treinta metros que luego se
convirtió en piedra pómez -se sigue extrayendo hoy
en día- y oscurecieron completamente el cielo
durante varias semanas, en un radio de seiscientos
kilómetros. El cataclismo asoló también la isla de
Creta y dio un golpe mortal a aquella temprana
civilización minoica.
Ahora la mitad de aquel cráter hundido emerge del
mar como un semicírculo de tierra que forma la isla
de Santorini, mientras la otra mitad permanece bajo
las aguas. La llegada a la isla conmueve: el barco
navega por la caldera -una bahía de diez kilómetros
por siete- y atraca al pie de unos acantilados de
330 metros de altura, estriados en franjas de rocas
volcánicas de color carbón y teja. Desde el puerto,
una carretera inverosímil escala las paredes del
cráter en zigzag. Y arriba, al borde del precipicio,
se asoma un pueblo pintado de blanco glacial y con
cúpulas de azul celeste: Fira, la capital de la
isla. En la misma cornisa, pero una docena de
kilómetros más lejos, se aprecia otro brochazo de
azúcar glaseado sobre esta tarta de chocolate
volcánico: el pueblo de Ía. El conjunto de los dos
pueblos colgados sobre el cráter forma uno de los
parajes más bellos del mundo. El
paseo es pura magia. Ía y Fira son laberintos de
casas encaladas y ribeteadas de azul. Apenas hay
líneas rectas en los muretes, los tejados o las
escaleras: todo son formas redondeadas, rugosas y de
una blancura reluciente, de manera que el pueblo
produce la impresión de un gran helado de limón que
empieza a derretirse. Los amantes del contraste
intercalan de vez en cuando paredes pintadas de
manteca, calabaza, incluso fresa, y colocan sobre
las tapias rocas pulimentadas de basalto, como
granos de pimienta negra. Los pueblos parecen de
juguete. Muchas casas son en realidad cuevas
excavadas en la pared del acantilado, con la fachada
apoyada sobre un rellano minúsculo. Y se puede
descender por el precipicio caminando sobre los
techos de las viviendas inferiores y por escaleras
reviradas. La bajada produce vértigo por el tajo
vertical que cae trescientos metros, y, sobre todo,
porque los barrancos de basalto recuerdan que
caminamos por el interior de un volcán vivo: en 1573
y 1925 brotaron dos islas de lava en el centro de la
caldera -la más reciente aún emite penachos de humo
y cenizas-, y en 1956 un terremoto de 7,8 grados
destruyó dos mil viviendas de Ía, unos centenares en
Fira, dejó 48 muertos y docenas de heridos. Es
inevitable recordar que en cualquier momento el
volcán puede desperezarse y arrojar este pueblo de
bellas casitas al mar, como si se sacudiera unas
pulgas.
Ajenas a la amenaza, Ía y Fira se esponjan bajo la
luz tibia del invierno y se ofrecen dulzonas al
paseante. Sus miradores regalan unas vistas
magníficas sobre la gran caldera, las playas de
arena negra y sobre los cuernos del cruasán que
rodean la bahía sin terminar de cerrar el abrazo.
Pero en invierno, fuera de temporada, se echa de
menos a la gente. ¿Dónde están? Sólo hemos visto
algunos albañiles cementando ladrillos o repintando
contraventanas: arreglos para el verano. Porque
Santorini no está muerta, sino hibernando: la isla
es tan atractiva que una avalancha moderna de ceniza
turística -un millón de visitantes anuales en una
isla de doce mil habitantes- asfixia la vida propia
de sus pueblos para todo el año. Resulta lógico si
atendemos a este dato: es como si cada isleño
tuviera que atender a 83 visitantes. Durante cuatro
meses se desviven por darles de comer, hacerles las
camas y llevarles de excursión, y el resto del año
se retiran a descansar, a disfrutar de sus bien
ganados dineros y a repintar un poco las puertas
para la próxima temporada. Las consecuencias son
desoladoras para el visitante invernal: pueblos
abandonados y el viento que toca la armónica por las
calles como en el desierto de Arizona. Quedan
docenas de cibercafés cerrados, restaurantes en
penumbra y carteles room for rent -se
alquilan habitaciones-. Cuando queremos alquilar una
de esas habitaciones, nos encontramos con casas
cerradas a cal y canto o, en el mejor de los casos,
puertas abiertas y confiadas, y pasillos que
conducen hasta cocinas desiertas. Sobre una mesa
suele aparecer una nota escrita a mano por los
dueños, con mensajes en inglés de este tipo: si
quiere alojamiento, volveremos a la una, llámenos a
tal número, pregunte por Tassos en el café de la
plaza. La ventaja es clara: las habitaciones que en
verano cuestan 75 euros ahora se consiguen por 25.
Durante la búsqueda de un refugio encontramos
algunos síntomas de que el pueblo respira: en un
porche, un pescatero expone sardinas, doradas,
gambas, almejas, mejillones y un montón de pulpos
cenicientos, en cajas de poliespán. Más allá, dos
mujeres venden hortalizas y las pesan con una
romana. Un mozo transporta sacos a lomos de tres
burros. En la calle principal, sorprende la cantidad
de conductores adictos al tunning -esa
afición que consiste en transformar el coche en una
nave espacial con alerones, llantas refulgentes,
tubos de escape y equipos de música estruendosos-.
La vida se va adensando según nos acercamos a la
plaza de Fira, y en ella encontramos un cafetín,
regentado por un hombre de gafas gruesas muy
parecido a Stephen King. Allí se guarecen un par de
jubilados con gorra, bastón y alpargatas, y un
sacerdote ortodoxo de barba greñuda y canosa, ropón
grasiento y sandalias ennegrecidas que dejan ver
unos calcetines paleozoicos. El anciano pope, que
desprende un tufo gatuno considerable, apoya la mano
temblona y los ojos empañados en una cachava nudosa,
y permanece mudo. Stephen King tiene fotos de Sydney
enmarcadas, dos tíos en las antípodas y un estupendo
hojaldre relleno de crema de manzana. Desayunamos en
silencio hasta que entra un hombre obeso y risueño,
antiguo capitán de barcos mercantes, que habla todas
las lenguas del Mediterráneo y busca una silla
resistente para acomodar los dos hemisferios de su
culo gigantesco. Saluda, no tarda en descubrir
nuestro origen y recita de carrerilla todos los
puertos cantábricos.
-Pasajes, Bilbao, Avilés... ¡Coruña, sementerio
de barcos! -y rompe en risotadas.
Durante casi todo el siglo XX, los habitantes de
Santorini que no se resignaban a cultivar las
famosas berenjenas blancas y los tomates de la isla
sólo tenían dos opciones: emigrar o navegar. Y las
practicaron a mansalva: Alemania, Australia y
Estados Unidos recibieron a miles de griegos -la
cuarta ciudad con mayor número de griegos es
Melbourne- y Santorini reunió una flota de cientos
de barcos mercantes y pescadores.
-Antes todos éramos marinos -dice el gordo Ioannis-;
ahora todos tenemos restaurantes y hoteles.
Ya sólo se navega en los cibercafés. Los primeros
visitantes asiduos llegaron a Santorini en épocas
tempranas, hacia 1920, pero se trataba de un turismo
selecto y minoritario. La popularidad de la isla y
las oleadas de turistas comenzaron a partir de 1980.
-La isla era un lugar miserable que se transformó de
la noche a la mañana -recuerda Ioannis-. Yo nací en
la aldea de Karterados y no conocimos la
electricidad hasta 1975. Durante toda la vida, los
viejos y las mujeres cultivaban la huerta y a veces
pasaban hambre. Cuando era niño, mis hermanos y yo
sólo llevábamos zapatos en invierno, no había dinero
para más. Los hombres se iban en los barcos, pasaban
muchos meses en el mar. Y yo, en cuanto cumplí
veinte años, me embarqué por primera vez en un buque
mercante. Navegué por todo el Mediterráneo y por el
Atlántico, y ganaba cuatro veces más que en la isla.
Prefería navegar que emigrar. Mis primos, en cambio,
se marcharon a Alemania. Antes de 1980, en Santorini
no había ni un solo coche, ni autobuses ni
carreteras, nos movíamos en burro. Y sólo salía un
barco por semana a Atenas. Ahora zarpan cuatro o
cinco barcos diarios, a Atenas, a Creta, a Naxos, a
Folegandros...
Ioannis, como tantos otros, dejó el mar
en los ochenta, en cuanto comprobó que si alquilaba
habitaciones y abría un restaurante podía ganar en
dos meses todo el dinero que reunía en un año de
navegación. La flota de Santorini desapareció y los
hoteles crecieron como berenjenas.
-De un día para otro nos hicimos ricos,
y con un trabajo mucho más sencillo. Fue un golpe de
fortuna -lo dice con una sonrisa melancólica-. Pero
hemos perdido muchas cosas por el camino. Nuestros
jóvenes estudian Turismo, Hostelería, aprenden
muchos idiomas y eso es fantástico, pero enseguida
se les llena el bolsillo y sólo les importan los
coches potentes, las motos y la ropa. Olvidan a sus
padres y a los viejos. Antes la familia vivía muy
unida y los problemas de uno eran preocupación para
todos. Ahora cada cuál vive por su cuenta. A veces
me pregunto si no nos habremos vendido. Pero luego
pienso que la vida de antes era muy dura, que no me
gustaría ver a mis hijos en el mar.n el mar.
Después de comer paseamos por la
minúscula aldea de Akrotiri, en un extremo de la
isla, donde una cuadrilla de adolescentes atruena
las calles con sus motos de montaña. Cuando alejan
su estruendo hacia los acantilados, vuelve el
silencio y poco a poco una melodía grave emerge
desde las entrañas del pueblo: es la voz de un pope
en la iglesia desierta. La salmodia brota del templo
y se arrastra por las calles, triste y viscosa, como
un barniz que pretendiera fijar la memoria y el
espíritu del pueblo.
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