Reportajes              Publicación: Dato Económico, 2005

 

Santorini. La isla que voló en pedazos

La actual Santorini, una isla griega con forma de cruasán, está formada por los restos de un volcán destripado hace 3.600 años. En aquella época existía un gigantesco cono de mil metros de altura y 15 kilómetros de diámetro. Primero un gran terremoto hizo huir a los habitantes de la isla; unos meses más tarde el cráter reventó y comenzó a vomitar cantidades descomunales de lava. La erupción duró varias semanas y expulsó tanta materia que el subsuelo de la isla quedó hueco. Entonces 83 kilómetros cuadrados de isla se desplomaron sobre un abismo oceánico de ochocientos metros. El colapso provocó olas de 120 metros, que barrieron las costas egeas y ahogaron a decenas de miles de personas. Las cenizas ardientes incendiaron grandes extensiones de las tierras cercanas, cubrieron los restos de la isla con una capa de treinta metros que luego se convirtió en piedra pómez -se sigue extrayendo hoy en día- y oscurecieron completamente el cielo durante varias semanas, en un radio de seiscientos kilómetros. El cataclismo asoló también la isla de Creta y dio un golpe mortal a aquella temprana civilización minoica.

Ahora la mitad de aquel cráter hundido emerge del mar como un semicírculo de tierra que forma la isla de Santorini, mientras la otra mitad permanece bajo las aguas. La llegada a la isla conmueve: el barco navega por la caldera -una bahía de diez kilómetros por siete- y atraca al pie de unos acantilados de 330 metros de altura, estriados en franjas de rocas volcánicas de color carbón y teja. Desde el puerto, una carretera inverosímil escala las paredes del cráter en zigzag. Y arriba, al borde del precipicio, se asoma un pueblo pintado de blanco glacial y con cúpulas de azul celeste: Fira, la capital de la isla. En la misma cornisa, pero una docena de kilómetros más lejos, se aprecia otro brochazo de azúcar glaseado sobre esta tarta de chocolate volcánico: el pueblo de Ía. El conjunto de los dos pueblos colgados sobre el cráter forma uno de los parajes más bellos del mundo.

El paseo es pura magia. Ía y Fira son laberintos de casas encaladas y ribeteadas de azul. Apenas hay líneas rectas en los muretes, los tejados o las escaleras: todo son formas redondeadas, rugosas y de una blancura reluciente, de manera que el pueblo produce la impresión de un gran helado de limón que empieza a derretirse. Los amantes del contraste intercalan de vez en cuando paredes pintadas de manteca, calabaza, incluso fresa, y colocan sobre las tapias rocas pulimentadas de basalto, como granos de pimienta negra. Los pueblos parecen de juguete. Muchas casas son en realidad cuevas excavadas en la pared del acantilado, con la fachada apoyada sobre un rellano minúsculo. Y se puede descender por el precipicio caminando sobre los techos de las viviendas inferiores y por escaleras reviradas. La bajada produce vértigo por el tajo vertical que cae trescientos metros, y, sobre todo, porque los barrancos de basalto recuerdan que caminamos por el interior de un volcán vivo: en 1573 y 1925 brotaron dos islas de lava en el centro de la caldera -la más reciente aún emite penachos de humo y cenizas-, y en 1956 un terremoto de 7,8 grados destruyó dos mil viviendas de Ía, unos centenares en Fira, dejó 48 muertos y docenas de heridos. Es inevitable recordar que en cualquier momento el volcán puede desperezarse y arrojar este pueblo de bellas casitas al mar, como si se sacudiera unas pulgas. 

Ajenas a la amenaza, Ía y Fira se esponjan bajo la luz tibia del invierno y se ofrecen dulzonas al paseante. Sus miradores regalan unas vistas magníficas sobre la gran caldera, las playas de arena negra y sobre los cuernos del cruasán que rodean la bahía sin terminar de cerrar el abrazo. Pero en invierno, fuera de temporada, se echa de menos a la gente. ¿Dónde están? Sólo hemos visto algunos albañiles cementando ladrillos o repintando contraventanas: arreglos para el verano. Porque Santorini no está muerta, sino hibernando: la isla es tan atractiva que una avalancha moderna de ceniza turística -un millón de visitantes anuales en una isla de doce mil habitantes- asfixia la vida propia de sus pueblos para todo el año. Resulta lógico si atendemos a este dato: es como si cada isleño tuviera que atender a 83 visitantes. Durante cuatro meses se desviven por darles de comer, hacerles las camas y llevarles de excursión, y el resto del año se retiran a descansar, a disfrutar de sus bien ganados dineros y a repintar un poco las puertas para la próxima temporada. Las consecuencias son desoladoras para el visitante invernal: pueblos abandonados y el viento que toca la armónica por las calles como en el desierto de Arizona. Quedan docenas de cibercafés cerrados, restaurantes en penumbra y carteles room for rent -se alquilan habitaciones-. Cuando queremos alquilar una de esas habitaciones, nos encontramos con casas cerradas a cal y canto o, en el mejor de los casos, puertas abiertas y confiadas, y pasillos que conducen hasta cocinas desiertas. Sobre una mesa suele aparecer una nota escrita a mano por los dueños, con mensajes en inglés de este tipo: si quiere alojamiento, volveremos a la una, llámenos a tal número, pregunte por Tassos en el café de la plaza. La ventaja es clara: las habitaciones que en verano cuestan 75 euros ahora se consiguen por 25.

Durante la búsqueda de un refugio encontramos algunos síntomas de que el pueblo respira: en un porche, un pescatero expone sardinas, doradas, gambas, almejas, mejillones y un montón de pulpos cenicientos, en cajas de poliespán. Más allá, dos mujeres venden hortalizas y las pesan con una romana. Un mozo transporta sacos a lomos de tres burros. En la calle principal, sorprende la cantidad de conductores adictos al tunning -esa afición que consiste en transformar el coche en una nave espacial con alerones, llantas refulgentes, tubos de escape y equipos de música estruendosos-. La vida se va adensando según nos acercamos a la plaza de Fira, y en ella encontramos un cafetín, regentado por un hombre de gafas gruesas muy parecido a Stephen King. Allí se guarecen un par de jubilados con gorra, bastón y alpargatas, y un sacerdote ortodoxo de barba greñuda y canosa, ropón grasiento y sandalias ennegrecidas que dejan ver unos calcetines paleozoicos. El anciano pope, que desprende un tufo gatuno considerable, apoya la mano temblona y los ojos empañados en una cachava nudosa, y permanece mudo. Stephen King tiene fotos de Sydney enmarcadas, dos tíos en las antípodas y un estupendo hojaldre relleno de crema de manzana. Desayunamos en silencio hasta que entra un hombre obeso y risueño, antiguo capitán de barcos mercantes, que habla todas las lenguas del Mediterráneo y busca una silla resistente para acomodar los dos hemisferios de su culo gigantesco. Saluda, no tarda en descubrir nuestro origen y recita de carrerilla todos los puertos cantábricos.

 -Pasajes, Bilbao, Avilés... ¡Coruña, sementerio de barcos! -y rompe en risotadas.

Durante casi todo el siglo XX, los habitantes de Santorini que no se resignaban a cultivar las famosas berenjenas blancas y los tomates de la isla sólo tenían dos opciones: emigrar o navegar. Y las practicaron a mansalva: Alemania, Australia y Estados Unidos recibieron a miles de griegos -la cuarta ciudad con mayor número de griegos es Melbourne- y Santorini reunió una flota de cientos de barcos mercantes y pescadores.

-Antes todos éramos marinos -dice el gordo Ioannis-; ahora todos tenemos restaurantes y hoteles. 

Ya sólo se navega en los cibercafés. Los primeros visitantes asiduos llegaron a Santorini en épocas tempranas, hacia 1920, pero se trataba de un turismo selecto y minoritario. La popularidad de la isla y las oleadas de turistas comenzaron a partir de 1980.

-La isla era un lugar miserable que se transformó de la noche a la mañana -recuerda Ioannis-. Yo nací en la aldea de Karterados y no conocimos la electricidad hasta 1975. Durante toda la vida, los viejos y las mujeres cultivaban la huerta y a veces pasaban hambre. Cuando era niño, mis hermanos y yo sólo llevábamos zapatos en invierno, no había dinero para más. Los hombres se iban en los barcos, pasaban muchos meses en el mar. Y yo, en cuanto cumplí veinte años, me embarqué por primera vez en un buque mercante. Navegué por todo el Mediterráneo y por el Atlántico, y ganaba cuatro veces más que en la isla. Prefería navegar que emigrar. Mis primos, en cambio, se marcharon a Alemania. Antes de 1980, en Santorini no había ni un solo coche, ni autobuses ni carreteras, nos movíamos en burro. Y sólo salía un barco por semana a Atenas. Ahora zarpan cuatro o cinco barcos diarios, a Atenas, a Creta, a Naxos, a Folegandros...

Ioannis, como tantos otros, dejó el mar en los ochenta, en cuanto comprobó que si alquilaba habitaciones y abría un restaurante podía ganar en dos meses todo el dinero que reunía en un año de navegación. La flota de Santorini desapareció y los hoteles crecieron como berenjenas.

 -De un día para otro nos hicimos ricos, y con un trabajo mucho más sencillo. Fue un golpe de fortuna -lo dice con una sonrisa melancólica-. Pero hemos perdido muchas cosas por el camino. Nuestros jóvenes estudian Turismo, Hostelería, aprenden muchos idiomas y eso es fantástico, pero enseguida se les llena el bolsillo y sólo les importan los coches potentes, las motos y la ropa. Olvidan a sus padres y a los viejos. Antes la familia vivía muy unida y los problemas de uno eran preocupación para todos. Ahora cada cuál vive por su cuenta. A veces me pregunto si no nos habremos vendido. Pero luego pienso que la vida de antes era muy dura, que no me gustaría ver a mis hijos en el mar.n el mar.

 Después de comer paseamos por la minúscula aldea de Akrotiri, en un extremo de la isla, donde una cuadrilla de adolescentes atruena las calles con sus motos de montaña. Cuando alejan su estruendo hacia los acantilados, vuelve el silencio y poco a poco una melodía grave emerge desde las entrañas del pueblo: es la voz de un pope en la iglesia desierta. La salmodia brota del templo y se arrastra por las calles, triste y viscosa, como un barniz que pretendiera fijar la memoria y el espíritu del pueblo.