Reportajes              Publicación: Nuestro Tiempo, 2006

 

Ópalo en las entrañas de Australia

 

Emigrantes de todo el mundo taladran cientos de kilómetros de galerías subterráneas en el desierto australiano. Buscan el gran filón de ópalo que les regale una nueva vida

De pronto, en 1915, cientos de personas marcharon hasta el corazón del desierto de Australia del Sur y se quedaron a vivir allí, en una llanura polvorienta donde las temperaturas superan los cincuenta grados y no hay agua ni sombra, a trescientos kilómetros del lugar habitado más cercano. Intentaron levantar campamentos, pero el calor fundía los ánimos y las tormentas de arena azotaban la superficie; con el tiempo, algunos comenzaron a cavar madrigueras. Se dice que fueron antiguos soldados australianos de la Primera Guerra Mundial, acostumbrados a las trincheras, quienes excavaron las primeras viviendas soterradas. Así nació un poblado subterráneo. Los pocos aborígenes que  habitaban ese desierto, sorprendidos y divertidos por aquella extravagancia, denominaron al lugar kuper piti (“el agujero del hombre blanco”). Y de ahí deriva su nombre actual: Coober Peddy.

La locura se debió a esos caprichos humanos que otorgan un precio disparatado a minerales que de por sí no valen nada. Un tal Jim Hutchinson vagaba por el desierto con seis camellos y seiscientos litros de agua, en busca de oro. Un día se detuvo a excavar y descubrió varias pepitas de colores brillantes. Se trataba de ópalo, una piedra semipreciosa cuyas variedades enloquecen a joyeros de todo el mundo: el ópalo de fuego, de color rojo muy encendido y translúcido; el ópalo girasol, que emite destellos amarillos, el ópalo noble, casi transparente, con un juego interior de reflejos y colores bellísimos; el insólito ópalo negro. Hutchinson tenía bajo sus botas el 80% de las reservas mundiales de ópalo. Cuando se extendió la noticia, a través de las arenas llegaron hordas de desesperados de todo el mundo. Entre ellos, bandas de europeos miserables que huían de un continente arrasado por la guerra y buscaban riquezas fabulosas en un nuevo continente vacío. Así se fundó un poblado insólito en pleno desierto: hoy en día, Coober Peddy cuenta con cuatro mil habitantes pertenecientes a 48 nacionalidades. Predominan los griegos, serbios y croatas; también abundan italianos, alemanes, vietnamitas y chinos.

En este país inmenso y despoblado abundan las historias de hallazgos asombrosos. Hasta mediados del siglo XX, se creía que Australia no disponía de recursos minerales y, por ejemplo, el hierro era tan escaso que se prohibió su exportación. Pero la mayoría del continente estaba entonces sin explorar -y lo sigue estando ahora-. En 1952, un ranchero llamado Lang Hancock volaba en su avioneta sobre la soledad inabarcable de Australia Occidental cuando una tormenta le obligó a aterrizar en una región de rocas planas. Al bajar del aeroplano, se dio cuenta de que pisaba una llanura de hierro sólido que se extendía hasta cien kilómetros más allá. El ranchero Hancock compró las tierras y se convirtió en dueño de veinte mil millones de toneladas de hierro, unas reservas mayores que las de Estados Unidos y Canadá juntos. Después llegó el boom minero de los cincuenta: se encontraron depósitos de uranio, diamantes, cobre, plomo, níquel, aluminio, cinc y una lista interminable de minerales. Australia pasó a ser el mayor exportador de minerales del mundo.

La madriguera del hombre blanco

Coober Peddy empezó a tomar cierta forma de población convencional cuando se inventó el aire acondicionado: gracias a este aparato, algunos habitantes construyeron sus casas sobre la superficie. Pero tampoco así cuajó un pueblo con fundamento. Una cinta de asfalto serpentea entre galpones, solares vacíos y construcciones deslavazadas: es la calle principal. A veinte pasos, el desierto acecha y los frecuentes torbellinos de arena revientan contra las casetas prefabricadas que se desperdigan por el páramo sin orden ni criterio. La carretera de asfalto que cruza el desierto llegó a Coober Peddy en 1987; hasta entonces, los médicos voladores llegaban en avioneta una vez por semana. Aún se respira un aire de última frontera.

En la calle principal se intercalan, local tras local, los dos negocios del pueblo: la mitad de los carteles anuncia joyerías de ópalo; la otra mitad ofrece visitas guiadas a los dug-out -las casas subterráneas-, incluidas las dos principales iglesias, ambas soterradas: la iglesia católica de San Pedro y San Pablo y la iglesia serbia ortodoxa. Sobre la superficie, el hotel Opal Inn alberga a los hombres de negocios que llegan desde Japón y Hong Kong para comprar ópalo. En los salones del hotel, rodeados por un equipo de mineralogistas y tasadores, reciben a los mineros durante varias semanas, compran las mejores piezas y van soltando un chaparrón de dólares. En los pubs sombríos de Coober Peddy dicen que hay ópalo para muchos siglos, que los filones se extienden trescientos kilómetros hasta Alice Springs, en el centro del desierto. Sin embargo, la vida resulta muy dura y el ópalo es una lotería difícil. El pueblo no puede disimular su decadencia: muchas casas están en venta, la arena sepulta poco a poco tantos locales clausurados. La emisora del pueblo propaga música y anuncios de pequeñas compraventas por las calles. Se llama Dusty Radio, “Radio Polvorienta”.           

Las joyas de un minero iraní

A pesar de las riquezas que aguardan en el subsuelo, ninguna compañía minera se ha instalado en la región: lo impide el Departamento de Minas de Australia del Sur, que sólo alquila parcelas de cien metros por cincuenta para que las exploten los mineros individualmente. Vash Farid, un iraní de 43 años, es uno de esos mineros. Cinco días a la semana, desciende por un pozo vertical de treinta metros hasta las entrañas del desierto, para buscar el gran pedazo de ópalo que regale una vida nueva a su mujer y sus cuatro hijas. Vash profesa la religión bahai y huyó de Irán por las persecuciones religiosas tras la revolución islámica de los ayatollahs.

-Con veinte años me fui a Filipinas para estudiar Ingeniería Civil. Pasé allí cinco años. Entonces, el Gobierno de Irán anuló el pasaporte a todos los bahai para obligarnos a regresar, quitarnos nuestras pertenencias y juzgarnos. Yo decidí no volver. Emigré a Australia, un país muy generoso: me dieron papeles de refugiado y aquí he rehecho mi vida.

 Vash se instaló en Adelaida para estudiar Diseño Industrial, y allí conoció a la que ahora es su mujer, otra iraní bahai que estudiaba en la India cuando le anularon el pasaporte. El matrimonio Farid lleva dieciocho años en Australia; los últimos tres, en el desierto.

-El segundo día en Coober Peddy me metí ya en un pozo y ahí sigo. He excavado docenas de kilómetros de galerías. Y todo eso lo hago por las joyas, las verdaderas joyas: nuestras cuatro hijas. Ellas ya son iraníes-australianas. Se merecen una vida mejor, un sitio mejor que este desierto.

Mi amigo Joxemi y yo hemos conocido a Vash tomando cerveza en un bar de Coober Peddy. Tras diez minutos de charla, se ofrece a enseñarme las galerías en las que está excavando últimamente y promete regalarnos todo el ópalo que seamos capaces de encontrar. En su sonrisa se adivina que esa cantidad rondará el cero, pero como nos interesa más el buscador que el tesoro, enseguida nos sentamos en el coche de Vash.

El iraní conduce por una región fantasmal llamada Moon Plains, planicies lunares. Durante décadas, los mineros han extraído toneladas de escorias minerales para abrir las galerías y las han acumulado en montículos de cinco a diez metros, uno junto a otro, una y otra vez, hasta formar un océano de miles de pirámides de grava que hoy en día cubre cuatro mil kilómetros cuadrados -casi media Navarra-. Por debajo, todo ese territorio está socavado por galerías que avanzan, se bifurcan, se retuercen, se cruzan y dibujan un laberinto subterráneo de miles de kilómetros. Allí abajo no hay planos, pero laten tesoros y leyendas terroríficas.

Vash abrió uno de sus pozos veinte kilómetros al norte de Coober Peddy. Primero toma la carretera y aprovecha la comodidad del asfalto para exponer la fe bahai.

-El profeta Bahaullah fundó nuestra religión en 1844, en Irán. Él fue una manifestación de Dios, como Moisés, Jesús, Mahoma o Buda. Y en su Libro Sagrado nos legó las tres enseñanzas básicas. La unidad de Dios: creemos en un Dios que creó el universo. La unidad religiosa: sea cual sea nuestra religión, todos somos hijos de Dios; todas las religiones compartimos una Verdad esencial. Y la unidad del hombre: todos somos iguales, debemos fomentar la fraternidad de la humanidad entera. Así que los bahais amamos todas las religiones y a todas las personas.

Tomamos un desvío y el coche traquetea por una pista polvorienta, entre una cordillera baja de pirámides, terrosas y muy apretadas, que parecen ansiosas por derrumbarse sobre el camino. Este paisaje alienígena es perfecto para rodar locuras apocalípticas: en las Moon Plains se filmaron Mad Max o Las aventuras de Priscilla, reina del desierto.

Vash sale de la pista y aparca el coche en una explanada de gravilla. Caminamos hacia un grupo de pirámides y leemos una señal de advertencia clavada en el suelo: atención, pozos abiertos, y el icono de un pobre muñeco que se despeña por un agujero sin fondo. La superficie de las Moon Plains está carcomida por miles de pozos de la anchura de un hombre y treinta metros de profundidad. De vez en cuando, algún minero o algún turista despistado se despeña. No todos mueren. Vash ha trabajado de voluntario con las ambulancias del pueblo y ha rescatado a personas vivas del fondo.

-Como el pozo es tan estrecho, no hay sitio para girar durante la caída y siempre aterrizan de pie. A todos se les sale la tibia por el talón. Es lo típico. típico. típico. típico. típico.

Y en algunos casos, quienes sobreviven a la caída se quedan en el fondo con un montón de huesos rotos sin que nadie sepa que están allí. Sólo se salvarán si alguien les echa de menos a tiempo y la ambulancia es capaz de localizarlos. izarlos.

-Por eso algunos mineros prefieren trabajar en parejas. Dos mineros son muchos, porque hay que repartir los beneficios. Pero uno es poco, porque si te caes a un pozo o te pasa algo dentro de la galería, nadie podrá ayudarte.

Vash trabaja solo, con una máquina enorme que nos señala con orgullo desde la distancia: una especie de grúa cuyo brazo perfora la tierra para abrir los pozos y que también sirve para excavar después las galerías subterráneas. Cerca de la máquina, una estaca y una tarjeta con coordenadas delimitan la parcela de Vash. El minero solicita permiso al Departamento de Minas para examinar un terreno durante un periodo entre tres meses y un año, por un máximo de sesenta euros. Si las prospecciones resultan prometedoras, el minero puede registrar esa parcela a su nombre y renovar la propiedad cuantas veces desee. Vash conoce mineros que llevan quince años trabajando en la misma parcela, pero normalmente las máquinas pueden vaciar por completo el terreno en un uno o dos años. Es probable que esa búsqueda exhaustiva ofrezca beneficios jugosos, pero el ópalo sigue siendo una lotería. Vash apostó por comprar muchos boletos.

-Hace falta una inversión de 50.000 euros para adquirir la maquinaria y excavar las galerías. Sin embargo, nadie puede adivinar dónde hay una veta millonaria: el verano pasado, llegaron dos jóvenes trotamundos a Coober Peddy, gastaron treinta euros en comprar picos y palas, pagaron sesenta euros por una parcela cualquiera, y el primer día encontraron un bloque de ópalo que valía 20.000 euros. 

No se puede pasar unas horas en Coober Peddy sin escuchar historias de riquezas instantáneas, relatos más o menos ciertos pero rebozados siempre con una capa de leyenda fabulosa. El trabajo de los mineros se presta, desde luego, a cultivar mitos. La historia favorita de Vash habla de un minero que arrastró una gran roca para sujetar la puerta de su casa subterránea. El hombre murió sin saber que ese pedrusco escondía varios kilos de ópalo azul muy puro, una fortuna inmensa. Vash nos da un casco a cada uno y él prepara su equipo: un taladro con una broca de metro y medio, una pala, un cedazo, una botella de agua y un saco de plástico para guardar los pedazos de ópalo. Y lo más importante: una linterna con bombilla, conectada por un cable larguísimo hasta un generador de gasóleo que se queda en la superficie, al lado del pozo. Si el combustible se acaba, si el generador se estropea o si la bombilla se funde y el minero no lleva repuesto, el cable de la linterna es el único hilo para encontrar la salida del laberinto oscuro. Vash baja el primero por la escalera metálica. Se lo traga la tierra y al cabo de un rato le pega tirones al cable de la bombilla: la señal para que atemos una cuerda al generador y vayamos descolgando con ella todas las herramientas hasta el fondo del pozo. Después de repetir la operación varias veces, nos llega el turno de bajar.

Las tripas tibias del infierno

Lo más importante es no pensar. Me agarro a la escalera, con el cuerpo ya dentro del pozo y la cabeza aún al aire libre, en un agujero tan estrecho que no puedo extender los codos sin tocar las paredes. No estoy atado a nada. Por debajo de mis pies, una sima de oscuridad impenetrable que, según dice Vash, mide treinta metros. Esto equivale a un edificio de nueve o diez pisos. La escalera, fijada en la boca del pozo, es una estructura metálica temblorosa de varios tramos empalmados. Siempre he sufrido un vértigo insuperable. En cuanto miro al vacío desde un modesto tercer piso, mi cerebro se vuelve loco y envía órdenes fulminantes a mis piernas para que me alejen de allí corriendo. Y eso me ocurre en un balcón con barandilla protectora: si tuviera que bajar una escalera por una fachada de diez pisos, de espaldas al vacío, no tardaría ni cinco peldaños en sufrir un ataque de pánico y caer en un vuelo de cosquillas definitivas. Por suerte, la estrechez y la oscuridad del pozo impiden el vértigo. Si no le recuerdo a mi cerebro que un resbalón me precipitaría treinta metros, él dirige mis músculos con la misma tranquilidad que si estuviera bajando un metro de escalera. Y así bajo, peldaño a peldaño, con la mirada fija en los barrotes y recordando la advertencia de Vash: “No miréis nunca para arriba. Si se desprenden piedras, que os peguen en el casco”.

El descenso no dura mucho pero se hace largo. Después de un rato de soltar manos y apoyar pies, aferrar manos y soltar pies, un amago de claustrofobia me hace pensar que la escalera está suspendida en la nada y no tiene principio ni final. Pero enseguida los saludos de Vash retumban por el pozo y la luz anaranjada de la bombilla espanta a los fantasmas. El salto desde el último peldaño es un alivio. alivio.

La primera sorpresa, nada más aterrizar: las tripas del infierno son tibias. En la superficie, el desierto arde a cincuenta grados; a treinta metros bajo tierra, la temperatura refresca hasta los veinticuatro: una explicación práctica y contundente para entender por qué los habitantes de Coober Peddy viven bajo tierra. La segunda sorpresa, la caverna en la que hemos aterrizado: es una cámara circular, estrecha y baja -la anchura máxima no alcanza los cuatro metros y sólo se puede estar de pie con la cabeza gacha, o en cuclillas-. Y no tiene suelo firme, sino una montaña de gravilla con un declive pronunciado, en la que nos hundimos hasta los tobillos. En la parte baja de la caverna se abren dos túneles por los que se debe entrar a cuatro patas. Vash se cuela por uno de ellos y le seguimos, gateando, durante diez metros agobiantes. Desembocamos en un pasillo largo que mide dos metros y medio de alto y ya nos permite caminar erguidos. El techo, el suelo y las paredes de esta galería son lisos, forman ángulos rectos, porque los ha abierto la máquina perforadora. Vash señala una vena muy fina que recorre la pared: es ópalo. Y unos palmos más arriba, otra vena casi paralela.

-Los filones de ópalo siempre están en dos niveles -explica-. Cuando aparece uno, hay que buscar también el otro. el otro. el otro.

Pero Vash sigue caminando con la linterna, hasta una caverna abovedada, más alta y ancha que la primera. Escarba entre los montones de gravilla y los pasa por el cedazo.

-Primero rastreo los escombros. Y si encuentro buen material, meto el taladro. taladro.

Vash apoya la culata del enorme taladro en la cintura y lo levanta hasta apoyar la broca contra la pared. Parece que agarra una metralleta gigante. Me pide que ponga la pala debajo, para recoger la piedra suelta que caiga. Entonces pulsa el interruptor y la broca perfora la pared durante diez segundos con un estruendo horrísono que hiere los tímpanos. Cuando para, los oídos pitan y la cueva entera aún tiembla.

Nos anima a buscar pedazos de ópalo entre la grava que he recogido en la pala. Paseo los dedos por la arenilla y rescato unas piedras blancuzcas, parecidas al cuarzo, con alguna arista translúcida. slúcida.

-Tu primer pedazo de ópalo -anuncia Vash-. Te darían cinco mil euros por estas piedras si tuvieran buen color y buen brillo. Pero así no valen nada.

La linterna y la mirada de Vash recorren las paredes de la cueva, en silencio, como si temiera levantar la pieza. De pronto, el haz de la bombilla se detiene en un rincón. En la oscuridad se oye la sonrisa de Vash. Agarra el taladro, lo clava con decisión y otro rugido monstruoso atruena en la caverna. Luego para y se gira para preguntarnos:

-¿No habéis notado de pronto un sonido más suave?ás suave?

No hemos distinguido nada más que el estruendo doloroso, pero en tres años Vash ha aguzado tanto el oído que sabe escuchar el latido del ópalo.

-Cuando la broca penetra, la piedra chirría. Pero en algún punto dentro de la pared, en un milésima de segundo, el chirrido se interrumpe con un susurro como de terciopelo. Eso significa un nuevo filón de ópalo. No me puedo quitar de la cabeza ese cambio de sonido, a menudo sueño con él: el año pasado lo escuché y descubrí ópalo por valor de veinte mil euros.

Vash trabaja solo en la mina, pero tiene un socio que se encarga de limpiar los pedazos de ópalo, pulirlos, engarzarlos y vendérselos a los joyeros asiáticos que se hospedan en el hotel Opal Inn. Inn.

Seguimos caminando en la penumbra, tras el rastro naranja de la bombilla. La galería baja, sube, gira, se bifurca una y otra vez, se cruza con avenidas subterráneas, recorre una caverna tras otra, llega a la base de otros pozos por los que se cuela la luz de la superficie (algunos pozos tienen escalera, pero la mayoría ya están abandonados). El laberinto recorre una región de cuatro mil kilómetros cuadrados. En ochenta años de minería individual, este hormiguero se ha extendido cientos de kilómetros, pero nadie sabe calcular cuántos. Se puede pasar una vida recorriendo las galerías sin conocer más que una parte mínima. mínima. Vash ha pasado tres años en esta zona y tiene un plano mental. Nosotros nos hemos desorientado por completo y jamás podríamos salir de aquí. 

-¿Cómo se impide que un minero recorra las galerías y busque ópalo en parcelas que no son suyas? suyas? suyas? suyas? suyas?

-Hay multas grandes si uno excava en parcelas que tienen dueño, pero es casi imposible de controlar. Por eso, cuando alguien encuentra mucho ópalo, disimula, no dice nada. En los primeros años, quien descubría un filón valioso invitaba a beber a todo el pueblo, pero eso ya pasó. Aquí han ocurrido historias salvajes y nadie se fía. A veces corre el rumor de que alguien ha encontrado ópalo en abundancia y los ladrones entran de noche a las galerías, pero en ese caso el minero deja perros para vigilar su zona y hasta organiza guardias durante el tiempo que necesite para sacar el ópalo. Dentro de las galerías ha habido tiroteos y asesinatos. Dicen que si caminas por algunas zonas te puedes encontrar con cadáveres olvidados.

Coober Peddy es el límite final de la civilización. Y como en todas las aldeas fronterizas, el viento trae historias terribles de lo que ocurre al otro lado de ese límite, tan cercano. Se cuentan historias de mineros que descubrieron a ladrones en sus galerías y demostraron una imaginación bien surtida para castigarlos: algunos cegaban los pozos y provocaban derrumbes para sepultar vivos a los saqueadores, otros optaban por lanzarles explosivos para que volaran en pedazos o para que la polvareda los asfixiara, otros bajaban en cuadrilla para sacar al ladrón a la superficie y luego tirarlo boca abajo por el pozo (en ese caso, al menos, no se lastimaban la tibia), y los más refinados ataban al ladrón de pies y manos, lo llevaban cien kilómetros al interior del desierto, lo desnudaban y lo abandonaban allá.

Vash se anima con estas historias truculentas. Nos sentamos en un rincón para echar un trago de agua y arranca con la narración de su mayor susto en la mina. la mina.

-Un día llegué a una zona de galerías desconocidas y me metí, laberinto adentro, durante un buen rato. Caminé hasta una parcela lejana y abandonada. Toda la zona estaba excavada, perforada y dinamitada, pero quise probar suerte. Dejé mi bolsa, la linterna y el cedazo en la esquina de una caverna y me fui con el taladro a otro rincón cercano. Cuando estaba perforando la pared, se fundió la bombilla.bombilla.

En ese momento del relato, Vash apaga la linterna y una oscuridad pegajosa nos envuelve el rostro, como una tela de araña. Es la oscuridad más extraña y espantosa, tiniebla adensada en las entrañas del planeta, ceguera absoluta en la que ni siquiera se puede concebir una esperanza de luz.

Entonces cometí un error estúpido y casi mortal -en la oscuridad, la voz de Vash suena remota y acorchada-. Dejé la linterna en el suelo y retrocedí ocho o nueve pasos hasta donde debían estar las herramientas y la bombilla de repuesto. Tanteé la pared y no encontré nada. Entonces me apuré, me puse a cuatro patas y braceé hasta tocar la bolsa de plástico: ya tenía la bombilla. Con los nervios, me giré rápido sin pensar, me incorporé y di otros ocho o nueve pasos sin calcular muy bien hacia dónde los daba. Me pegué con la cabeza contra un saliente que no recordaba y me volví a agachar en busca de la linterna. Pero ya no sabía muy bien si debía estar hacia mi derecha o hacia mi izquierda. Decidí volver hasta la bolsa, para reorientarme desde allí, y gateé pegado a la pared de la caverna pensando que en algún momento me toparía con la bolsa o con el cable. Pero pasó demasiado tiempo y me entró pánico: ya no sabía hacia dónde avanzaba ni en qué dirección quedaba la bolsa. No tenía referencias. 

Vash guarda un silencio de efecto dramático. Le imaginamos una sonrisa como la del gato de Cheshire, mientras nos laten las sienes.

-Me dio la impresión de que me había metido por una galería y retrocedí. Siempre a cuatro patas, claro, y tanteando cada centímetro, porque no paraba de golpearme la cabeza y de herirme las manos. Pasé dos horas y media gateando, de un lado para otro. Pensé que iba a morir agotado y sediento, tirado en la oscuridad, que mi mujer y mis hijas nunca volverían a verme. Y de pronto, posé la mano sobre el cable.   p;  p; 

Entonces siguió el hilo de Ariadna hasta el pozo de salida, trepó por la escalera como loco, se tiró en plancha sobre el desierto y se bebió a tragos el sol. el sol.

Vash pulsa el interruptor y se nos aparece bañado en luz naranja como un espectro sonriente. Él descubre nuestras manos aferradas al cable, nuestras caras de susto, y rompe la tensión a carcajadas. Entonces añade en tono festivo otras anécdotas terribles de mineros: aquél que se perdió sin que nadie lo encontrara jamás, otro que se electrocutó, el que murió reventado dentro de su coche cuando explotaron los detonadores que llevaba en el maletero, y la que más gracia le hace, la de aquel pardillo que excavó un túnel sin saber que dos metros por encima tenía una gran galería que, claro, se le desplomó encima y lo sepultó.

Este desierto es un gigantesco queso gruyere, agujereado en todas direcciones durante ochenta años. En algunas regiones cercanas a Coober Peddy se excavaron tantas galerías que un día el desierto se hundió y cegó para siempre la zona. Por eso los mineros avanzan más y más al norte, hacia Alice Springs y el corazón de Australia, pero cada picotazo y cada explosión de dinamita es una herida nueva y aumenta un poco más la amenaza de un gran derrumbe.derrumbe.

Todos los días, antes de salir del pozo, Vash coloca una pequeña bomba en la galería. Taladra un boquete en la pared y mete en él un barreno de fabricación casera. casera.

-Compro abono para jardines, que contiene nitrógeno y amonio, y a cada saco le añado dos litros de gasolina. Ya tengo mi explosivo -por algo indican las estadísticas una venta desproporcionada de abono para jardín en un pueblo tan estéril como Coober Peddy-. Entonces le añado la mecha: por cada tramo como éste, tengo un minuto para salir corriendo.

Al pie de la escalera que nos llevará de vuelta a la superficie, Vash coloca un barreno en una grieta y sólo le añade un tramo de mecha: un minuto.

-Subid vosotros primero.

Trepamos por la escalera, salimos otra vez al bochorno cegador del desierto y esperamos al borde del pozo. Al poco rato aparece Vash, a toda pastilla y jadeando. Diez segundos más tarde, el eco bronco de un reventón subterráneo retumba bajo nuestros pies. Treinta metros más abajo, se ha derrumbado otro bloque de tierra. Y entre los escombros quizá espere el gran pedazo de ópalo. Mañana, cuando la polvareda de la explosión se haya posado, Vash bajará a comprobar si es rico y puede marcharse del desierto con sus cuatro hijas. Pero dice que tampoco le preocupa demasiado.

-Si el ópalo fuera abundante, valdría poco dinero. Por eso, cuando bajo y no lo encuentro, también me alegro.