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Ópalo en las entrañas de Australia
Emigrantes de todo el mundo taladran
cientos de kilómetros de galerías subterráneas en el
desierto australiano. Buscan el gran filón de ópalo
que les regale una nueva vida
De pronto, en 1915, cientos de personas marcharon
hasta el corazón del desierto de Australia del Sur y
se quedaron a vivir allí, en una llanura polvorienta
donde las temperaturas superan los cincuenta grados
y no hay agua ni sombra, a trescientos kilómetros
del lugar habitado más cercano. Intentaron levantar
campamentos, pero el calor fundía los ánimos y las
tormentas de arena azotaban la superficie; con el
tiempo, algunos comenzaron a cavar madrigueras. Se
dice que fueron antiguos soldados australianos de la
Primera Guerra Mundial, acostumbrados a las
trincheras, quienes excavaron las primeras viviendas
soterradas. Así nació un poblado subterráneo. Los
pocos aborígenes que habitaban ese desierto,
sorprendidos y divertidos por aquella extravagancia,
denominaron al lugar kuper piti (“el agujero
del hombre blanco”). Y de ahí deriva su nombre
actual: Coober Peddy.
La locura se debió a esos caprichos humanos que
otorgan un precio disparatado a minerales que de por
sí no valen nada. Un tal Jim Hutchinson vagaba por
el desierto con seis camellos y seiscientos litros
de agua, en busca de oro. Un día se detuvo a excavar
y descubrió varias pepitas de colores brillantes. Se
trataba de ópalo, una piedra semipreciosa cuyas
variedades enloquecen a joyeros de todo el mundo: el
ópalo de fuego, de color rojo muy encendido y
translúcido; el ópalo girasol, que emite destellos
amarillos, el ópalo noble, casi transparente, con un
juego interior de reflejos y colores bellísimos; el
insólito ópalo negro. Hutchinson tenía bajo sus
botas el 80% de las reservas mundiales de ópalo.
Cuando se extendió la noticia, a través de las
arenas llegaron hordas de desesperados de todo el
mundo. Entre ellos, bandas de europeos miserables
que huían de un continente arrasado por la guerra y
buscaban riquezas fabulosas en un nuevo continente
vacío. Así se fundó un poblado insólito en pleno
desierto: hoy en día, Coober Peddy cuenta con cuatro
mil habitantes pertenecientes a 48 nacionalidades.
Predominan los griegos, serbios y croatas; también
abundan italianos, alemanes, vietnamitas y chinos.
En este país inmenso y despoblado abundan las
historias de hallazgos asombrosos. Hasta mediados
del siglo XX, se creía que Australia no disponía de
recursos minerales y, por ejemplo, el hierro era tan
escaso que se prohibió su exportación. Pero la
mayoría del continente estaba entonces sin explorar
-y lo sigue estando ahora-. En 1952, un ranchero
llamado Lang Hancock volaba en su avioneta sobre la
soledad inabarcable de Australia Occidental cuando
una tormenta le obligó a aterrizar en una región de
rocas planas. Al bajar del aeroplano, se dio cuenta
de que pisaba una llanura de hierro sólido que se
extendía hasta cien kilómetros más allá. El ranchero
Hancock compró las tierras y se convirtió en dueño
de veinte mil millones de toneladas de hierro, unas
reservas mayores que las de Estados Unidos y Canadá
juntos. Después llegó el boom minero de los
cincuenta: se encontraron depósitos de uranio,
diamantes, cobre, plomo, níquel, aluminio, cinc y
una lista interminable de minerales. Australia pasó
a ser el mayor exportador de minerales del mundo.
La madriguera del hombre blanco
Coober Peddy empezó a tomar cierta forma
de población convencional cuando se inventó el aire
acondicionado: gracias a este aparato, algunos
habitantes construyeron sus casas sobre la
superficie. Pero tampoco así cuajó un pueblo con
fundamento. Una cinta de asfalto serpentea entre
galpones, solares vacíos y construcciones
deslavazadas: es la calle principal. A veinte pasos,
el desierto acecha y los frecuentes torbellinos de
arena revientan contra las casetas prefabricadas que
se desperdigan por el páramo sin orden ni criterio.
La carretera de asfalto que cruza el desierto llegó
a Coober Peddy en 1987; hasta entonces, los médicos
voladores llegaban en avioneta una vez por semana.
Aún se respira un aire de última frontera.
En la calle principal se intercalan,
local tras local, los dos negocios del pueblo: la
mitad de los carteles anuncia joyerías de ópalo; la
otra mitad ofrece visitas guiadas a los dug-out
-las casas subterráneas-, incluidas las dos
principales iglesias, ambas soterradas: la iglesia
católica de San Pedro y San Pablo y la iglesia
serbia ortodoxa. Sobre la superficie, el hotel Opal
Inn alberga a los hombres de negocios que llegan
desde Japón y Hong Kong para comprar ópalo. En los
salones del hotel, rodeados por un equipo de
mineralogistas y tasadores, reciben a los mineros
durante varias semanas, compran las mejores piezas y
van soltando un chaparrón de dólares. En los pubs
sombríos de Coober Peddy dicen que hay ópalo para
muchos siglos, que los filones se extienden
trescientos kilómetros hasta Alice Springs, en el
centro del desierto. Sin embargo, la vida resulta
muy dura y el ópalo es una lotería difícil. El
pueblo no puede disimular su decadencia: muchas
casas están en venta, la arena sepulta poco a poco
tantos locales clausurados. La emisora del pueblo
propaga música y anuncios de pequeñas compraventas
por las calles. Se llama Dusty Radio, “Radio
Polvorienta”.
Las joyas de un minero iraní
A pesar de las riquezas que aguardan en el subsuelo,
ninguna compañía minera se ha instalado en la
región: lo impide el Departamento de Minas de
Australia del Sur, que sólo alquila parcelas de cien
metros por cincuenta para que las exploten los
mineros individualmente. Vash Farid, un iraní de 43
años, es uno de esos mineros. Cinco días a la
semana, desciende por un pozo vertical de treinta
metros hasta las entrañas del desierto, para buscar
el gran pedazo de ópalo que regale una vida nueva a
su mujer y sus cuatro hijas. Vash profesa la
religión bahai y huyó de Irán por las persecuciones
religiosas tras la revolución islámica de los
ayatollahs.
-Con veinte años me fui a Filipinas para estudiar
Ingeniería Civil. Pasé allí cinco años. Entonces, el
Gobierno de Irán anuló el pasaporte a todos los
bahai para obligarnos a regresar, quitarnos nuestras
pertenencias y juzgarnos. Yo decidí no volver.
Emigré a Australia, un país muy generoso: me dieron
papeles de refugiado y aquí he rehecho mi vida.
Vash se instaló en Adelaida para estudiar Diseño
Industrial, y allí conoció a la que ahora es su
mujer, otra iraní bahai que estudiaba en la India
cuando le anularon el pasaporte. El matrimonio Farid
lleva dieciocho años en Australia; los últimos tres,
en el desierto.
-El segundo día en Coober Peddy me metí ya en un
pozo y ahí sigo. He excavado docenas de kilómetros
de galerías. Y todo eso lo hago por las joyas, las
verdaderas joyas: nuestras cuatro hijas. Ellas ya
son iraníes-australianas. Se merecen una vida mejor,
un sitio mejor que este desierto.
Mi amigo
Joxemi y yo hemos conocido a Vash tomando cerveza en
un bar de Coober Peddy. Tras diez minutos de charla,
se ofrece a enseñarme las galerías en las que está
excavando últimamente y promete regalarnos todo el
ópalo que seamos capaces de encontrar. En su sonrisa
se adivina que esa cantidad rondará el cero, pero
como nos interesa más el buscador que el tesoro,
enseguida nos sentamos en el coche de Vash.
El iraní conduce por una región fantasmal llamada
Moon Plains, planicies lunares. Durante décadas, los
mineros han extraído toneladas de escorias minerales
para abrir las galerías y las han acumulado en
montículos de cinco a diez metros, uno junto a otro,
una y otra vez, hasta formar un océano de miles de
pirámides de grava que hoy en día cubre cuatro mil
kilómetros cuadrados -casi media Navarra-. Por
debajo, todo ese territorio está socavado por
galerías que avanzan, se bifurcan, se retuercen, se
cruzan y dibujan un laberinto subterráneo de miles
de kilómetros. Allí abajo no hay planos, pero laten
tesoros y leyendas terroríficas.
Vash abrió uno de sus pozos veinte kilómetros al
norte de Coober Peddy. Primero toma la carretera y
aprovecha la comodidad del asfalto para exponer la
fe bahai.
-El profeta Bahaullah fundó nuestra
religión en 1844, en Irán. Él fue una manifestación
de Dios, como Moisés, Jesús, Mahoma o Buda. Y en su
Libro Sagrado nos legó las tres enseñanzas básicas.
La unidad de Dios: creemos en un Dios que creó el
universo. La unidad religiosa: sea cual sea nuestra
religión, todos somos hijos de Dios; todas las
religiones compartimos una Verdad esencial. Y la
unidad del hombre: todos somos iguales, debemos
fomentar la fraternidad de la humanidad entera. Así
que los bahais amamos todas las religiones y a todas
las personas.
Tomamos un desvío y el coche traquetea por una pista
polvorienta, entre una cordillera baja de pirámides,
terrosas y muy apretadas, que parecen ansiosas por
derrumbarse sobre el camino. Este paisaje alienígena
es perfecto para rodar locuras apocalípticas: en las
Moon Plains se filmaron Mad Max o Las
aventuras de Priscilla, reina del desierto.
Vash sale de la pista y aparca el coche
en una explanada de gravilla. Caminamos hacia un
grupo de pirámides y leemos una señal de advertencia
clavada en el suelo: atención, pozos abiertos, y el
icono de un pobre muñeco que se despeña por un
agujero sin fondo. La superficie de las Moon Plains
está carcomida por miles de pozos de la anchura de
un hombre y treinta metros de profundidad. De vez en
cuando, algún minero o algún turista despistado se
despeña. No todos mueren. Vash ha trabajado de
voluntario con las ambulancias del pueblo y ha
rescatado a personas vivas del fondo.
-Como el pozo es tan estrecho, no hay
sitio para girar durante la caída y siempre
aterrizan de pie. A todos se les sale la tibia por
el talón. Es lo típico. típico. típico. típico. típico.
Y en algunos casos, quienes sobreviven a
la caída se quedan en el fondo con un montón de
huesos rotos sin que nadie sepa que están allí. Sólo
se salvarán si alguien les echa de menos a tiempo y
la ambulancia es capaz de localizarlos. izarlos.
-Por eso algunos mineros prefieren
trabajar en parejas. Dos mineros son muchos, porque
hay que repartir los beneficios. Pero uno es poco,
porque si te caes a un pozo o te pasa algo dentro de
la galería, nadie podrá ayudarte.
Vash trabaja solo, con una máquina
enorme que nos señala con orgullo desde la
distancia: una especie de grúa cuyo brazo perfora la
tierra para abrir los pozos y que también sirve para
excavar después las galerías subterráneas. Cerca de
la máquina, una estaca y una tarjeta con coordenadas
delimitan la parcela de Vash. El minero solicita
permiso al Departamento de Minas para examinar un
terreno durante un periodo entre tres meses y un
año, por un máximo de sesenta euros. Si las
prospecciones resultan prometedoras, el minero puede
registrar esa parcela a su nombre y renovar la
propiedad cuantas veces desee. Vash conoce mineros
que llevan quince años trabajando en la misma
parcela, pero normalmente las máquinas pueden vaciar
por completo el terreno en un uno o dos años. Es
probable que esa búsqueda exhaustiva ofrezca
beneficios jugosos, pero el ópalo sigue siendo una
lotería. Vash apostó por comprar muchos boletos.
-Hace falta una inversión de 50.000
euros para adquirir la maquinaria y excavar las
galerías. Sin embargo, nadie puede adivinar dónde
hay una veta millonaria: el verano pasado, llegaron
dos jóvenes trotamundos a Coober Peddy, gastaron
treinta euros en comprar picos y palas, pagaron
sesenta euros por una parcela cualquiera, y el
primer día encontraron un bloque de ópalo que valía
20.000 euros.
No se puede pasar unas
horas en Coober Peddy sin escuchar historias de
riquezas instantáneas, relatos más o menos ciertos
pero rebozados siempre con una capa de leyenda
fabulosa. El trabajo de los mineros se presta, desde
luego, a cultivar mitos. La historia favorita de
Vash habla de un minero que arrastró una gran roca
para sujetar la puerta de su casa subterránea. El
hombre murió sin saber que ese pedrusco escondía
varios kilos de ópalo azul muy puro, una fortuna
inmensa. Vash nos da un casco a cada uno y él
prepara su equipo: un taladro con una broca de metro
y medio, una pala, un cedazo, una botella de agua y
un saco de plástico para guardar los pedazos de
ópalo. Y lo más importante: una linterna con
bombilla, conectada por un cable larguísimo hasta un
generador de gasóleo que se queda en la superficie,
al lado del pozo. Si el combustible se acaba, si el
generador se estropea o si la bombilla se funde y el
minero no lleva repuesto, el cable de la linterna es
el único hilo para encontrar la salida del laberinto
oscuro. Vash baja el primero por la escalera
metálica. Se lo traga la tierra y al cabo de un rato
le pega tirones al cable de la bombilla: la señal
para que atemos una cuerda al generador y vayamos
descolgando con ella todas las herramientas hasta el
fondo del pozo. Después de repetir la operación
varias veces, nos llega el turno de bajar.
Las tripas tibias del infierno
Lo más importante es no pensar. Me
agarro a la escalera, con el cuerpo ya dentro del
pozo y la cabeza aún al aire libre, en un agujero
tan estrecho que no puedo extender los codos sin
tocar las paredes. No estoy atado a nada. Por debajo
de mis pies, una sima de oscuridad impenetrable que,
según dice Vash, mide treinta metros. Esto equivale
a un edificio de nueve o diez pisos. La escalera,
fijada en la boca del pozo, es una estructura
metálica temblorosa de varios tramos empalmados.
Siempre he sufrido un vértigo insuperable. En cuanto
miro al vacío desde un modesto tercer piso, mi
cerebro se vuelve loco y envía órdenes fulminantes a
mis piernas para que me alejen de allí corriendo. Y
eso me ocurre en un balcón con barandilla
protectora: si tuviera que bajar una escalera por
una fachada de diez pisos, de espaldas al vacío, no
tardaría ni cinco peldaños en sufrir un ataque de
pánico y caer en un vuelo de cosquillas definitivas.
Por suerte, la estrechez y la oscuridad del pozo
impiden el vértigo. Si no le recuerdo a mi cerebro
que un resbalón me precipitaría treinta metros, él
dirige mis músculos con la misma tranquilidad que si
estuviera bajando un metro de escalera. Y así bajo,
peldaño a peldaño, con la mirada fija en los
barrotes y recordando la advertencia de Vash: “No
miréis nunca para arriba. Si se desprenden piedras,
que os peguen en el casco”.
El descenso no dura mucho pero se hace
largo. Después de un rato de soltar manos y apoyar
pies, aferrar manos y soltar pies, un amago de
claustrofobia me hace pensar que la escalera está
suspendida en la nada y no tiene principio ni final.
Pero enseguida los saludos de Vash retumban por el
pozo y la luz anaranjada de la bombilla espanta a
los fantasmas. El salto desde el último peldaño es
un alivio. alivio.
La primera sorpresa, nada más aterrizar:
las tripas del infierno son tibias. En la
superficie, el desierto arde a cincuenta grados; a
treinta metros bajo tierra, la temperatura refresca
hasta los veinticuatro: una explicación práctica y
contundente para entender por qué los habitantes de
Coober Peddy viven bajo tierra. La segunda sorpresa,
la caverna en la que hemos aterrizado: es una cámara
circular, estrecha y baja -la anchura máxima no
alcanza los cuatro metros y sólo se puede estar de
pie con la cabeza gacha, o en cuclillas-. Y no tiene
suelo firme, sino una montaña de gravilla con un
declive pronunciado, en la que nos hundimos hasta
los tobillos. En la parte baja de la caverna se
abren dos túneles por los que se debe entrar a
cuatro patas. Vash se cuela por uno de ellos y le
seguimos, gateando, durante diez metros agobiantes.
Desembocamos en un pasillo largo que mide dos metros
y medio de alto y ya nos permite caminar erguidos.
El techo, el suelo y las paredes de esta galería son
lisos, forman ángulos rectos, porque los ha abierto
la máquina perforadora. Vash señala una vena muy
fina que recorre la pared: es ópalo. Y unos palmos
más arriba, otra vena casi paralela.
-Los filones de ópalo siempre están en
dos niveles -explica-. Cuando aparece uno, hay que
buscar también el otro. el otro. el otro.
Pero Vash sigue caminando con la
linterna, hasta una caverna abovedada, más alta y
ancha que la primera. Escarba entre los montones de
gravilla y los pasa por el cedazo.
-Primero rastreo los escombros. Y si
encuentro buen material, meto el taladro. taladro.
Vash apoya la culata del enorme taladro
en la cintura y lo levanta hasta apoyar la broca
contra la pared. Parece que agarra una metralleta
gigante. Me pide que ponga la pala debajo, para
recoger la piedra suelta que caiga. Entonces pulsa
el interruptor y la broca perfora la pared durante
diez segundos con un estruendo horrísono que hiere
los tímpanos. Cuando para, los oídos pitan y la
cueva entera aún tiembla.
Nos anima a buscar pedazos de ópalo
entre la grava que he recogido en la pala. Paseo los
dedos por la arenilla y rescato unas piedras
blancuzcas, parecidas al cuarzo, con alguna arista
translúcida. slúcida.
-Tu primer pedazo de ópalo -anuncia Vash-.
Te darían cinco mil euros por estas piedras si
tuvieran buen color y buen brillo. Pero así no valen
nada.
La linterna y la mirada de Vash recorren
las paredes de la cueva, en silencio, como si
temiera levantar la pieza. De pronto, el haz de la
bombilla se detiene en un rincón. En la oscuridad se
oye la sonrisa de Vash. Agarra el taladro, lo clava
con decisión y otro rugido monstruoso atruena en la
caverna. Luego para y se gira para preguntarnos:
-¿No habéis notado de pronto un sonido
más suave?ás suave?
No hemos distinguido nada más que el
estruendo doloroso, pero en tres años Vash ha
aguzado tanto el oído que sabe escuchar el latido
del ópalo.
-Cuando la broca penetra, la piedra
chirría. Pero en algún punto dentro de la pared, en
un milésima de segundo, el chirrido se interrumpe
con un susurro como de terciopelo. Eso significa un
nuevo filón de ópalo. No me puedo quitar de la
cabeza ese cambio de sonido, a menudo sueño con él:
el año pasado lo escuché y descubrí ópalo por valor
de veinte mil euros.
Vash trabaja solo en la mina, pero tiene
un socio que se encarga de limpiar los pedazos de
ópalo, pulirlos, engarzarlos y vendérselos a los
joyeros asiáticos que se hospedan en el hotel Opal
Inn. Inn.
Seguimos caminando en la penumbra, tras
el rastro naranja de la bombilla. La galería baja,
sube, gira, se bifurca una y otra vez, se cruza con
avenidas subterráneas, recorre una caverna tras
otra, llega a la base de otros pozos por los que se
cuela la luz de la superficie (algunos pozos tienen
escalera, pero la mayoría ya están abandonados). El
laberinto recorre una región de cuatro mil
kilómetros cuadrados. En ochenta años de minería
individual, este hormiguero se ha extendido cientos
de kilómetros, pero nadie sabe calcular cuántos. Se
puede pasar una vida recorriendo las galerías sin
conocer más que una parte mínima. mínima. Vash ha pasado
tres años en esta zona y tiene un plano mental.
Nosotros nos hemos desorientado por completo y jamás
podríamos salir de aquí.
-¿Cómo se impide que un minero recorra
las galerías y busque ópalo en parcelas que no son
suyas? suyas? suyas? suyas? suyas?
-Hay multas grandes si uno excava en parcelas que
tienen dueño, pero es casi imposible de controlar.
Por eso, cuando alguien encuentra mucho ópalo,
disimula, no dice nada. En los primeros años, quien
descubría un filón valioso invitaba a beber a todo
el pueblo, pero eso ya pasó. Aquí han ocurrido
historias salvajes y nadie se fía. A veces corre el
rumor de que alguien ha encontrado ópalo en
abundancia y los ladrones entran de noche a las
galerías, pero en ese caso el minero deja perros
para vigilar su zona y hasta organiza guardias
durante el tiempo que necesite para sacar el ópalo.
Dentro de las galerías ha habido tiroteos y
asesinatos. Dicen que si caminas por algunas zonas
te puedes encontrar con cadáveres olvidados.
Coober Peddy es el límite final de la civilización.
Y como en todas las aldeas fronterizas, el viento
trae historias terribles de lo que ocurre al otro
lado de ese límite, tan cercano. Se cuentan
historias de mineros que descubrieron a ladrones en
sus galerías y demostraron una imaginación bien
surtida para castigarlos: algunos cegaban los pozos
y provocaban derrumbes para sepultar vivos a los
saqueadores, otros optaban por lanzarles explosivos
para que volaran en pedazos o para que la polvareda
los asfixiara, otros bajaban en cuadrilla para sacar
al ladrón a la superficie y luego tirarlo boca abajo
por el pozo (en ese caso, al menos, no se lastimaban
la tibia), y los más refinados ataban al ladrón de
pies y manos, lo llevaban cien kilómetros al
interior del desierto, lo desnudaban y lo
abandonaban allá.
Vash se anima con estas historias
truculentas. Nos sentamos en un rincón para echar un
trago de agua y arranca con la narración de su mayor
susto en la mina. la mina.
-Un día llegué a una zona de galerías
desconocidas y me metí, laberinto adentro, durante
un buen rato. Caminé hasta una parcela lejana y
abandonada. Toda la zona estaba excavada, perforada
y dinamitada, pero quise probar suerte. Dejé mi
bolsa, la linterna y el cedazo en la esquina de una
caverna y me fui con el taladro a otro rincón
cercano. Cuando estaba perforando la pared, se
fundió la bombilla.bombilla.
En ese momento del relato, Vash apaga la
linterna y una oscuridad pegajosa nos envuelve el
rostro, como una tela de araña. Es la oscuridad más
extraña y espantosa, tiniebla adensada en las
entrañas del planeta, ceguera absoluta en la que ni
siquiera se puede concebir una esperanza de luz.
Entonces cometí un error estúpido y
casi mortal -en la oscuridad, la voz de Vash suena
remota y acorchada-. Dejé la linterna en el suelo y
retrocedí ocho o nueve pasos hasta donde debían
estar las herramientas y la bombilla de repuesto.
Tanteé la pared y no encontré nada. Entonces me
apuré, me puse a cuatro patas y braceé hasta tocar
la bolsa de plástico: ya tenía la bombilla. Con los
nervios, me giré rápido sin pensar, me incorporé y
di otros ocho o nueve pasos sin calcular muy bien
hacia dónde los daba. Me pegué con la cabeza contra
un saliente que no recordaba y me volví a agachar en
busca de la linterna. Pero ya no sabía muy bien si
debía estar hacia mi derecha o hacia mi izquierda.
Decidí volver hasta la bolsa, para reorientarme
desde allí, y gateé pegado a la pared de la caverna
pensando que en algún momento me toparía con la
bolsa o con el cable. Pero pasó demasiado tiempo y
me entró pánico: ya no sabía hacia dónde avanzaba ni
en qué dirección quedaba la bolsa. No tenía
referencias.
Vash guarda un silencio de efecto
dramático. Le imaginamos una sonrisa como la del
gato de Cheshire, mientras nos laten las sienes.
-Me dio la impresión de que me había
metido por una galería y retrocedí. Siempre a cuatro
patas, claro, y tanteando cada centímetro, porque no
paraba de golpearme la cabeza y de herirme las
manos. Pasé dos horas y media gateando, de un lado
para otro. Pensé que iba a morir agotado y sediento,
tirado en la oscuridad, que mi mujer y mis hijas
nunca volverían a verme. Y de pronto, posé la mano
sobre el cable. p; p;
Entonces siguió el hilo de Ariadna hasta
el pozo de salida, trepó por la escalera como loco,
se tiró en plancha sobre el desierto y se bebió a
tragos el sol. el sol.
Vash pulsa el interruptor y se nos
aparece bañado en luz naranja como un espectro
sonriente. Él descubre nuestras manos aferradas al
cable, nuestras caras de susto, y rompe la tensión a
carcajadas. Entonces añade en tono festivo otras
anécdotas terribles de mineros: aquél que se perdió
sin que nadie lo encontrara jamás, otro que se
electrocutó, el que murió reventado dentro de su
coche cuando explotaron los detonadores que llevaba
en el maletero, y la que más gracia le hace, la de
aquel pardillo que excavó un túnel sin saber que dos
metros por encima tenía una gran galería que, claro,
se le desplomó encima y lo sepultó.
Este desierto es un gigantesco queso
gruyere, agujereado en todas direcciones durante
ochenta años. En algunas regiones cercanas a Coober
Peddy se excavaron tantas galerías que un día el
desierto se hundió y cegó para siempre la zona. Por
eso los mineros avanzan más y más al norte, hacia
Alice Springs y el corazón de Australia, pero cada
picotazo y cada explosión de dinamita es una herida
nueva y aumenta un poco más la amenaza de un gran
derrumbe.derrumbe.
Todos los días, antes de salir del pozo,
Vash coloca una pequeña bomba en la galería. Taladra
un boquete en la pared y mete en él un barreno de
fabricación casera. casera.
-Compro abono para jardines, que contiene nitrógeno
y amonio, y a cada saco le añado dos litros de
gasolina. Ya tengo mi explosivo -por algo indican
las estadísticas una venta desproporcionada de abono
para jardín en un pueblo tan estéril como Coober
Peddy-. Entonces le añado la mecha: por cada tramo
como éste, tengo un minuto para salir corriendo.
Al pie de la escalera que nos llevará de vuelta a la
superficie, Vash coloca un barreno en una grieta y
sólo le añade un tramo de mecha: un minuto.
-Subid vosotros primero.
Trepamos por la
escalera, salimos otra vez al bochorno cegador del
desierto y esperamos al borde del pozo. Al poco rato
aparece Vash, a toda pastilla y jadeando. Diez
segundos más tarde, el eco bronco de un reventón
subterráneo retumba bajo nuestros pies. Treinta
metros más abajo, se ha derrumbado otro bloque de
tierra. Y entre los escombros quizá espere el gran
pedazo de ópalo. Mañana, cuando la polvareda de la
explosión se haya posado, Vash bajará a comprobar si
es rico y puede marcharse del desierto con sus
cuatro hijas. Pero dice que tampoco le preocupa
demasiado.
-Si el ópalo fuera abundante, valdría poco dinero.
Por eso, cuando bajo y no lo encuentro,
también me alegro.
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