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Nómadas afares. A tres kilómetros del infierno
La depresión Danakil, una estrecha
cuenca que desciende desde la frontera de Etiopía y
Eritrea hasta Yibuti, se hundirá bajo el mar. Las
placas continentales de África y Arabia se alejan un
par de centímetros al año, y esta región, situada
sobre la cicatriz, se resquebraja con temblores y se
hunde metro a metro. Por allí caminan los nómadas
afares: bajo sus pies, a sólo tres kilómetros de
profundidad, bulle un infierno de magma y
erupciones. Algún día, tronará el gran terremoto, la
franja costera se desplomará y el océano inundará la
cuenca. Mientras tanto, los afares recorren esta
tierra sentenciada con sus caravanas de camellos
cargados de sal.
El territorio de Danakil, un inmenso
pellejo de lagarto, es el más caluroso del mundo. El
sol del trópico abrasa la cuenca, el bochorno se
condensa en el fondo sin ninguna brisa que lo
disipe, y la tierra arde sin tregua. Las
temperaturas se mantienen casi todo el año sin bajar
de los cuarenta grados a la sombra. ¿Y al sol? La
pantalla de nuestro termómetro digital trepa hasta
los 59,9 grados y después se funde en negro. Mejor
no saberlo. Pasan meses sin que caiga una gota de
lluvia: 150 milímetros anuales, una aridez extrema.
Pierre Loti, viajero francés del siglo XIX, la
describió como una región de sol y guijarros: “Nada
se mueve. Todo está muerto de calor. Sólo se oye el
zumbido de los insectos. ¿A qué hombres puede
alimentar una tierra semejante?”.
Esta
tierra alimenta como puede a una tribu de nómadas:
los afares (también conocidos como danakil), que
desde tiempos inmemoriales han caminado por el yermo
en busca de los escasos
pastos para sus cabras y sus camellos. A menudo han
cruzado caminos y guerras con las tribus vecinas,
porque en el desierto encontrar un pozo marca la
diferencia entre la vida o la muerte. “Sigue el
rumor de los pozos: tu patria está allí donde
llueve”, cantan los afares. Y obedecen a leyes muy
antiguas. Cuando los animales mordisquean los
últimos rastrojos y los arroyos se agostan, los
nómadas pliegan el campamento y caminan en busca de
alguna otra charca, con la misma estampa que
retrataron los viajeros europeos de hace dos siglos:
las sandalias veloces, la daga envainada en la
cintura, el bastón sobre los hombros para apoyar las
muñecas durante la marcha. Del bastón cuelga una
piel de cabrito llena de agua y otra con la ración
de dátiles para la jornada. Parecen al margen de la
historia.
Pero no tanto. Ahora, por ejemplo, su patria está al
borde del asfalto. Después de las sequías de los
años ochenta, que exterminaron al ganado y mataron
de hambre y sed a miles de personas, los Gobiernos
colocaron bidones a lo largo de la carretera, y en
la época seca -la rematadamente seca, se entiende-
un camión cisterna pasa cada pocos días para
llenarlos de agua. Esta medida cambió las rutas de
los nómadas afares, que ahora acampan varios meses
al año cerca de la carretera, pero no fue la única
costumbre que ha variado. Los afares se ganaron una
fama terrible porque
atrapaban a los exploradores europeos para cortarles
los testículos y así demostrar ante su tribu que
habían matado a un enemigo, requisito indispensable
para integrarse entre las personas respetables. Se
contaba que algunos afares, desesperados porque no
conseguían asesinar a nadie, abrían el vientre a
mujeres embarazadas de otras tribus con la esperanza
de que el feto fuese varón y matarlo.También se les acusaba de antropofagia. Esa
reputación feroz se ha disuelto y ahora los afares
acogen a los pocos extranjeros que caminan por su
territorio. Ofrecen un turismo rudimentario y
amable: guías para recorrer las rutas nómadas,
alojamiento y comida en sus tiendas tradicionales,
veladas que se deslizan entre conversaciones, música
y las anfetamínicas hojas del kat. La fiereza se
muestra en conflictos más modernos: en la vecina
república de Yibuti, una guerrilla afar encendió la
guerra civil en 1991, alegando que la mayoría issa
-una tribu de raíz somalí- se comía casi todo el
pastel del Estado. Una riada de sangre anegó ese
pequeño país durante tres años, hasta que las
negociaciones montaron los andamios de una
democracia raquítica.
Así que mejor no tragarse el mito del buen salvaje y
su pureza virginal. Por mucho encanto ancestral que
posean, no se puede entender a los nativos si se
mira con ojos de entomólogo. No se trata de tribus
conservadas en un tarro de formol, sino de pueblos
vivos capaces de luchar por su libertad y capaces de
cometer crueldades, pueblos cariñosos y guerreros a
la vez, de gestos sensuales y también brutales,
acostumbrados a abrir sonrisas y heridas. Los afares
combinan los camellos con el kalashnikov y
siguen tejiendo su historia a golpe de
contradicciones. Como todos los pueblos.
La
gran cicatriz
A media mañana, el termómetro sube
cinco o seis grados por hora, la cuenca Danakil
empieza a hervir y el desierto respira cada vez más
lento, para resistir otra jornada infernal. Una
manada de monos babuinos se resguarda bajo unas
acacias polvorientas, los lagartos y los escorpiones
se agazapan bajo las piedras. Al mediodía, el sol se
derrama sobre la tierra como plomo derretido. El
desierto crepita. Y a veces, en el yermo, adivinamos
túmulos, círculos de rocas, caíres dispuestos con
geometría: son las tumbas de los nómadas afares.
Todo el Danakil parece un cementerio inmenso.
Sacamos fotos, pero es inútil. No se puede atrapar
en una película el enigma de esta tierra atroz. Se
encienden recuerdos imposibles: en este pedregal,
hace 30.000 siglos, la tatarabuela Lucy -Australopithecus
afarensis- nos enseñó a caminar. La congoja
aumenta cuando las sombras estiradas de una hilera
de camellos tatúan el desierto: a la cabeza, un
pastor doliente marcha encorvado, como si llevara
tres millones de años caminando. Se detiene un
instante para mirarnos, con la frente fruncida y los
ojos achinados. Sentimos una punzada de
familiaridad. Quizá este nómada aún conserva el
legado de nuestra tatarabuela común, un testamento
que los demás hemos olvidado. El pastor devuelve la
mirada a la tierra y apresura la marcha.
El valle desciende hasta las tierras
bajas de Yibuti, donde se extiende un paisaje de
vomitonas geológicas: prominencias de basalto del
tamaño de una catedral, cráteres despanzurrados,
olas de lava enfriada, simas tenebrosas, pedruscos
desparramados. Este desierto volcánico es un mar
negro, negrísimo, petrificado en el instante de la
peor tormenta. Alguna colonia de líquenes mancha las
rocas y una acacia inverosímil resiste en medio del
caos. Una enorme brecha parte en dos el desierto: es
la cicatriz tectónica del mar Rojo, que emerge en la
orilla yibutí y culebrea tierra adentro durante doce
kilómetros, hasta que se hunde de nuevo en el lago
Assal. En algunos tramos, la herida se abre tres
metros de ancho: nos arrodillamos sobre el borde,
pero el basalto absorbe la luz y sólo podemos
observar una boca monstruosa.
A veces la brecha se retuerce y esta
región cruje con rabia. Las estaciones sísmicas
registran una veintena de pequeños terremotos
diarios, y hasta dos mil temblores en jornadas de
crisis. En 1978, por ejemplo, las placas de África y
Arabia se abrieron de golpe un metro y veinte
centímetros; tronaron terremotos y erupciones,
retumbó una pirotecnia terrible de lava y magma, y
desde las entrañas de la tierra brotó un volcán: el
Ardoukoba, un modesto flan de basalto que se puede
escalar en diez minutos. Cualquier día reventará el
gran terremoto, el desierto se partirá y el mar
inundará la cuenca del lago Assal, muy cercana a la
costa y hundida 157 metros bajo el nivel del océano.
La carretera desciende suave hacia la depresión del
Assal. Allí abajo yace el lago esmeralda, engastado
en una corona salina brillante y rodeado por un
circo de montañas negras; parece la postal de un
paisaje extraterrestre. El mar se filtra ya por las
brechas del desierto y gotea cuesta abajo hasta el
Assal, el embrión del futuro océano Eritreo que se
abrirá en medio de África, siguiendo la cicatriz del
Rift hacia los Grandes Lagos. Por ahora, las aguas
oceánicas dejan su poso de minerales en el Assal y
se evaporan muy rápido: el lago es una salmuera con
348 gramos de sal por litro, una densidad diez veces
mayor que la de los océanos. Y se flota, claro. Al
lago, de 54 kilómetros cuadrados, se le ha formado
hacia el noroeste una costra blanca en forma de
cruasán que cubre otros 61 kilómetros cuadrados. Esa
playa de sal es el punto más bajo de la superficie
africana.
Nos acercamos a la orilla con
precaución, porque la costra mineral se reblandece.
Un paso nos hunde hasta el tobillo; el siguiente,
hasta media pantorrilla; chapoteamos y saltamos
hasta un archipiélago de rocas al borde del agua.
Nos sentamos en ellas, aislados entre un lago
viscoso y un puré salino que amenaza con tragarnos.
En el
silencio, retumba un rumor bronco, una respiración
geológica: parece la angustia de los continentes.
Aquí trabajan a cielo abierto las fuerzas colosales
que durante millones de años han esculpido el
planeta y seguirán retorciéndolo durante millones de
años después de que todos hayamos desaparecido.
Queremos intuir algún sentido, pero estos procesos
superan la medida humana. El Rift es un gran
recordatorio: hay que elegir entre el absurdo y el
misterio. Y aquí, en el punto más bajo de África, en
el final de nuestro viaje, sólo encontramos una
tierra trémula, un terreno sin consistencia. Una
pasta primitiva que se funde y se transforma, un
misterio que se cuece al sol y a la sal. Delante de
nuestros ojos, los continentes y los océanos laten
en su frecuencia sobrehumana. El calor levanta
vapores del lago y nos ciega: tampoco nos llevaremos
fotos de este lugar.
LA SUPERVIVENCIA DE LOS
CARAVANEROS
La costra salina que rodea el lago Assal es blanca,
lisa y uniforme. Pero vemos que en algunas zonas
aparece cascada, le han arrancado varias ronchas de
diez metros de largo y veinte centímetros de
profundidad. Sobre la costra, otras huellas delatan
que los nómadas afares han extraído sal hace poco:
los botes de hojalata que utilizan para excavar el
mineral y volcarlo en sacos de arpillera, las fibras
de palma con las que cosen los sacos una vez llenos,
y un detalle infalible: abultadas ristras de cagadas
de camello.
Desde hace siglos, los afares extraen la sal a mano,
la cargan a lomos de los camellos y caminan hasta
Etiopía para venderla. Ahora su oficio parece
condenado a la extinción, porque las excavadoras de
la empresa estatal son mucho más eficaces, pero
algunos todavía persisten: los camiones deben dar un
rodeo largo hasta las carreteras etíopes, y eso
encarece el producto, mientras que los nómadas
atajan por el desierto y su austeridad les permite
vender más barato. En cada caravana viajan entre
veinte y cincuenta camellos, y un camellero por cada
cinco animales. Cada camello carga entre cinco y
diez sacos de veinte kilos. Según las cuentas
máximas, una gran caravana podría transportar diez
mil kilos. Los etíopes compran la sal para sus vacas
y la pagan a tres o cuatro céntimos el kilo, de modo
que esa gran caravana ingresaría unos cuatrocientos
euros: cuarenta para cada camellero, por excavar la
sal, cargarla, atravesar el desierto a pie durante
cuatro días y volver.
En realidad, las caravanas sobreviven por un
peculiar negocio paralelo. Los camelleros afares se
instalan en los campamentos de sus primos etíopes,
hacen compras en ese país, mucho más barato, y
aprovechan que en el desierto nadie pide pasaportes
ni registra alforjas: los camellos llevan sal y
traen electrodomésticos de contrabando. Los nómadas
siempre han sabido buscarse la vida.
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