Reportajes              Publicación: Altair, 2005

 

Nómadas afares. A tres kilómetros del infierno

La depresión Danakil, una estrecha cuenca que desciende desde la frontera de Etiopía y Eritrea hasta Yibuti, se hundirá bajo el mar. Las placas continentales de África y Arabia se alejan un par de centímetros al año, y esta región, situada sobre la cicatriz, se resquebraja con temblores y se hunde metro a metro. Por allí caminan los nómadas afares: bajo sus pies, a sólo tres kilómetros de profundidad, bulle un infierno de magma y erupciones. Algún día, tronará el gran terremoto, la franja costera se desplomará y el océano inundará la cuenca. Mientras tanto, los afares recorren esta tierra sentenciada con sus caravanas de camellos cargados de sal.

El territorio de Danakil, un inmenso pellejo de lagarto, es el más caluroso del mundo. El sol del trópico abrasa la cuenca, el bochorno se condensa en el fondo sin ninguna brisa que lo disipe, y la tierra arde sin tregua. Las temperaturas se mantienen casi todo el año sin bajar de los cuarenta grados a la sombra. ¿Y al sol? La pantalla de nuestro termómetro digital trepa hasta los 59,9 grados y después se funde en negro. Mejor no saberlo. Pasan meses sin que caiga una gota de lluvia: 150 milímetros anuales, una aridez extrema. Pierre Loti, viajero francés del siglo XIX, la describió como una región de sol y guijarros: “Nada se mueve. Todo está muerto de calor. Sólo se oye el zumbido de los insectos. ¿A qué hombres puede alimentar una tierra semejante?”.

Esta tierra alimenta como puede a una tribu de nómadas: los afares (también conocidos como danakil), que desde tiempos inmemoriales han caminado por el yermo en busca de los escasos pastos para sus cabras y sus camellos. A menudo han cruzado caminos y guerras con las tribus vecinas, porque en el desierto encontrar un pozo marca la diferencia entre la vida o la muerte. “Sigue el rumor de los pozos: tu patria está allí donde llueve”, cantan los afares. Y obedecen a leyes muy antiguas. Cuando los animales mordisquean los últimos rastrojos y los arroyos se agostan, los nómadas pliegan el campamento y caminan en busca de alguna otra charca, con la misma estampa que retrataron los viajeros europeos de hace dos siglos: las sandalias veloces, la daga envainada en la cintura, el bastón sobre los hombros para apoyar las muñecas durante la marcha. Del bastón cuelga una piel de cabrito llena de agua y otra con la ración de dátiles para la jornada. Parecen al margen de la historia.

Pero no tanto. Ahora, por ejemplo, su patria está al borde del asfalto. Después de las sequías de los años ochenta, que exterminaron al ganado y mataron de hambre y sed a miles de personas, los Gobiernos colocaron bidones a lo largo de la carretera, y en la época seca -la rematadamente seca, se entiende- un camión cisterna pasa cada pocos días para llenarlos de agua. Esta medida cambió las rutas de los nómadas afares, que ahora acampan varios meses al año cerca de la carretera, pero no fue la única costumbre que ha variado. Los afares se ganaron una fama terrible porque atrapaban a los exploradores europeos para cortarles los testículos y así demostrar ante su tribu que habían matado a un enemigo, requisito indispensable para integrarse entre las personas respetables. Se contaba que algunos afares, desesperados porque no conseguían asesinar a nadie, abrían el vientre a mujeres embarazadas de otras tribus con la esperanza de que el feto fuese varón y matarlo.También se les acusaba de antropofagia. Esa reputación feroz se ha disuelto y ahora los afares acogen a los pocos extranjeros que caminan por su territorio. Ofrecen un turismo rudimentario y amable: guías para recorrer las rutas nómadas, alojamiento y comida en sus tiendas tradicionales, veladas que se deslizan entre conversaciones, música y las anfetamínicas hojas del kat. La fiereza se muestra en conflictos más modernos: en la vecina república de Yibuti, una guerrilla afar encendió la guerra civil en 1991, alegando que la mayoría issa -una tribu de raíz somalí- se comía casi todo el pastel del Estado. Una riada de sangre anegó ese pequeño país durante tres años, hasta que las negociaciones montaron los andamios de una democracia raquítica.

Así que mejor no tragarse el mito del buen salvaje y su pureza virginal. Por mucho encanto ancestral que posean, no se puede entender a los nativos si se mira con ojos de entomólogo. No se trata de tribus conservadas en un tarro de formol, sino de pueblos vivos capaces de luchar por su libertad y capaces de cometer crueldades, pueblos cariñosos y guerreros a la vez, de gestos sensuales y también brutales, acostumbrados a abrir sonrisas y heridas. Los afares combinan los camellos con el kalashnikov y siguen tejiendo su historia a golpe de contradicciones. Como todos los pueblos.

La gran cicatriz

A media mañana, el termómetro sube cinco o seis grados por hora, la cuenca Danakil empieza a hervir y el desierto respira cada vez más lento, para resistir otra jornada infernal. Una manada de monos babuinos se resguarda bajo unas acacias polvorientas, los lagartos y los escorpiones se agazapan bajo las piedras. Al mediodía, el sol se derrama sobre la tierra como plomo derretido. El desierto crepita. Y a veces, en el yermo, adivinamos túmulos, círculos de rocas, caíres dispuestos con geometría: son las tumbas de los nómadas afares. Todo el Danakil parece un cementerio inmenso.

Sacamos fotos, pero es inútil. No se puede atrapar en una película el enigma de esta tierra atroz. Se encienden recuerdos imposibles: en este pedregal, hace 30.000 siglos, la tatarabuela Lucy -Australopithecus afarensis- nos enseñó a caminar. La congoja aumenta cuando las sombras estiradas de una hilera de camellos tatúan el desierto: a la cabeza, un pastor doliente marcha encorvado, como si llevara tres millones de años caminando. Se detiene un instante para mirarnos, con la frente fruncida y los ojos achinados. Sentimos una punzada de familiaridad. Quizá este nómada aún conserva el legado de nuestra tatarabuela común, un testamento que los demás hemos olvidado. El pastor devuelve la mirada a la tierra y apresura la marcha.

El valle desciende hasta las tierras bajas de Yibuti, donde se extiende un paisaje de vomitonas geológicas: prominencias de basalto del tamaño de una catedral, cráteres despanzurrados, olas de lava enfriada, simas tenebrosas, pedruscos desparramados. Este desierto volcánico es un mar negro, negrísimo, petrificado en el instante de la peor tormenta. Alguna colonia de líquenes mancha las rocas y una acacia inverosímil resiste en medio del caos. Una enorme brecha parte en dos el desierto: es la cicatriz tectónica del mar Rojo, que emerge en la orilla yibutí y culebrea tierra adentro durante doce kilómetros, hasta que se hunde de nuevo en el lago Assal. En algunos tramos, la herida se abre tres metros de ancho: nos arrodillamos sobre el borde, pero el basalto absorbe la luz y sólo podemos observar una boca monstruosa.

A veces la brecha se retuerce y esta región cruje con rabia. Las estaciones sísmicas registran una veintena de pequeños terremotos diarios, y hasta dos mil temblores en jornadas de crisis. En 1978, por ejemplo, las placas de África y Arabia se abrieron de golpe un metro y veinte centímetros; tronaron terremotos y erupciones, retumbó una pirotecnia terrible de lava y magma, y desde las entrañas de la tierra brotó un volcán: el Ardoukoba, un modesto flan de basalto que se puede escalar en diez minutos. Cualquier día reventará el gran terremoto, el desierto se partirá y el mar inundará la cuenca del lago Assal, muy cercana a la costa y hundida 157 metros bajo el nivel del océano.

La carretera desciende suave hacia la depresión del Assal. Allí abajo yace el lago esmeralda, engastado en una corona salina brillante y rodeado por un circo de montañas negras; parece la postal de un paisaje extraterrestre. El mar se filtra ya por las brechas del desierto y gotea cuesta abajo hasta el Assal, el embrión del futuro océano Eritreo que se abrirá en medio de África, siguiendo la cicatriz del Rift hacia los Grandes Lagos. Por ahora, las aguas oceánicas dejan su poso de minerales en el Assal y se evaporan muy rápido: el lago es una salmuera con 348 gramos de sal por litro, una densidad diez veces mayor que la de los océanos. Y se flota, claro. Al lago, de 54 kilómetros cuadrados, se le ha formado hacia el noroeste una costra blanca en forma de cruasán que cubre otros 61 kilómetros cuadrados. Esa playa de sal es el punto más bajo de la superficie africana.

Nos acercamos a la orilla con precaución, porque la costra mineral se reblandece. Un paso nos hunde hasta el tobillo; el siguiente, hasta media pantorrilla; chapoteamos y saltamos hasta un archipiélago de rocas al borde del agua. Nos sentamos en ellas, aislados entre un lago viscoso y un puré salino que amenaza con tragarnos.

En el silencio, retumba un rumor bronco, una respiración geológica: parece la angustia de los continentes. Aquí trabajan a cielo abierto las fuerzas colosales que durante millones de años han esculpido el planeta y seguirán retorciéndolo durante millones de años después de que todos hayamos desaparecido. Queremos intuir algún sentido, pero estos procesos superan la medida humana. El Rift es un gran recordatorio: hay que elegir entre el absurdo y el misterio. Y aquí, en el punto más bajo de África, en el final de nuestro viaje, sólo encontramos una tierra trémula, un terreno sin consistencia. Una pasta primitiva que se funde y se transforma, un misterio que se cuece al sol y a la sal. Delante de nuestros ojos, los continentes y los océanos laten en su frecuencia sobrehumana. El calor levanta vapores del lago y nos ciega: tampoco nos llevaremos fotos de este lugar.

             

LA SUPERVIVENCIA DE LOS CARAVANEROS

La costra salina que rodea el lago Assal es blanca, lisa y uniforme. Pero vemos que en algunas zonas aparece cascada, le han arrancado varias ronchas de diez metros de largo y veinte centímetros de profundidad. Sobre la costra, otras huellas delatan que los nómadas afares han extraído sal hace poco: los botes de hojalata que utilizan para excavar el mineral y volcarlo en sacos de arpillera, las fibras de palma con las que cosen los sacos una vez llenos, y un detalle infalible: abultadas ristras de cagadas de camello.

Desde hace siglos, los afares extraen la sal a mano, la cargan a lomos de los camellos y caminan hasta Etiopía para venderla. Ahora su oficio parece condenado a la extinción, porque las excavadoras de la empresa estatal son mucho más eficaces, pero algunos todavía persisten: los camiones deben dar un rodeo largo hasta las carreteras etíopes, y eso encarece el producto, mientras que los nómadas atajan por el desierto y su austeridad les permite vender más barato. En cada caravana viajan entre veinte y cincuenta camellos, y un camellero por cada cinco animales. Cada camello carga entre cinco y diez sacos de veinte kilos. Según las cuentas máximas, una gran caravana podría transportar diez mil kilos. Los etíopes compran la sal para sus vacas y la pagan a tres o cuatro céntimos el kilo, de modo que esa gran caravana ingresaría unos cuatrocientos euros: cuarenta para cada camellero, por excavar la sal, cargarla, atravesar el desierto a pie durante cuatro días y volver.  

En realidad, las caravanas sobreviven por un peculiar negocio paralelo. Los camelleros afares se instalan en los campamentos de sus primos etíopes, hacen compras en ese país, mucho más barato, y aprovechan que en el desierto nadie pide pasaportes ni registra alforjas: los camellos llevan sal y traen electrodomésticos de contrabando. Los nómadas siempre han sabido buscarse la vida.