Reportajes              Publicación: Nuestro Tiempo, 2006

 
Lance Armstrong. El ciclista que derrotó al Tour

Un pequeño dato ayuda a comprender la magnitud de la hazaña que ha firmado Lance Armstrong. Si repasamos las clasificaciones de los últimos siete Tours de Francia, veremos que sólo tres ciclistas aparecen en todas ellas, además del estadounidense: su escudero George Hincapie, Giuseppe Guerini y Francisco Mancebo. El mero hecho de terminar siete Tours consecutivos, sin sufrir accidentes, enfermedades o bajones de forma supone una proeza al alcance de casi nadie. Ganarlos todos es una de las mayores hazañas de la historia del deporte. Y si el vencedor ha padecido antes un cáncer, el asunto roza ya lo milagroso. Cuando le anunciaron que su cuerpo estaba invadido por los tumores, el tejano decidió pelear con todas sus fuerzas y su orgullo: “El cáncer nunca se ha enfrentado a nadie como yo”. El Tour de Francia tampoco.

Armstrong ha elevado la marca hasta las siete victorias, una de esas cifras del deporte que parecen señalar un límite para la capacidad humana, una frontera física que quizá nadie superará. El americano sabe bien lo que es pelear en los últimos límites. Con 25 años descubrió que un cáncer estaba devorando su cuerpo, que tenía tumores en los testículos, el abdomen, los pulmones y el cerebro. Una condena de muerte casi segura. Pero él poseía un físico excepcional, capaz de superar dos operaciones y cuatro ciclos de quimioterapia, y una fortaleza mental arrolladora, que primero le sirvió para no derrumbarse ante la cercanía de la muerte y después para empeñarse en volver a ser ciclista, contra la falta de confianza y la mezquindad de quienes le habían recortado el sueldo mientras sufría en el hospital.

Superó todos los listones: primero pudo con el cáncer, luego fue capaz de subirse otra vez a la bici, compitió con los mejores del mundo y les ganó. Y más allá de los siete triunfos en París, más allá de esa cifra mágica, el tejano ha conseguido algo que ningún ciclista había logrado jamás: derrotar al Tour. Hasta que llegó Armstrong, la ronda gala siempre acababa cobrando su tributo, devorando a los campeones: cuando intentaban conquistar un sexto Tour -esa especie de fruto prohibido- los mejores ciclistas de la historia sufrían unos desfallecimientos feroces, como si recibieran el castigo de un dios furioso por semejante blasfemia. Basta con recordar a Anquetil echando pie a tierra en 1966 camino de Saint-Étienne, enfermo, agotado, lloroso; a Merckx en 1975, dando eses como una marioneta rota en Pra Loup; a Hinault, babeando y con los ojos en blanco en Superbagnéres en 1986; a Induráin, fundido y deshidratado en Les Arcs en 1996. Armstrong ha mantenido un pedaleo contundente hasta el último día de su séptimo Tour, ha franqueado lo que parecía otra frontera insalvable. Y ha convertido la hazaña en un mensaje de esperanza para los enfermos de cáncer: se puede derrotar al Tour, se puede derrotar a la enfermedad. Es su mayor orgullo y su lección de vida más hermosa.

“Volveré para ganar”

La lección comenzó en agosto de 1992, durante la Clásica de San Sebastián, cuando una tormenta estalló sobre el monte Jaizkibel y un aguacero helado se tragó al pelotón. Sólo continuaron los favoritos que peleaban por el triunfo, porque los demás corredores dieron media vuelta hacia los hoteles para ahorrarse los últimos treinta kilómetros bajo el chaparrón. También resistía alguien más: un ciclista novato que marchaba último, muy lejos de la cabeza, empeñado en terminar la carrera. Los corredores que volvían en dirección contraria, de camino al hotel, le tomaban el pelo y le jaleaban con sorna, pero él tenía las ideas claras. Era su primera competición profesional y quería acabarla. Llegó al Boulevard donostiarra con media hora de retraso, reventado, temblando, cuando los demás ciclistas ya estaban en la ducha y los operarios desmontaban la meta. Las crónicas del día siguiente mencionaban la anécdota de aquel chaval tozudo que no quiso retirarse. Se llamaba Lance Armstrong, un americano de 21 años. Mientras lo envolvían en toallas y abrigos, había murmurado una promesa: “Volveré a esta carrera y la ganaré”.

Desde su primer día como profesional Armstrong demostró una capacidad de sufrimiento y un afán de superación fuera de lo común. La diferencia entre un ciclista con grandes cualidades físicas y un campeón reside en la capacidad agonística, en ese punto del sufrimiento que distingue a unas personas de otras. Por eso fascina el ciclismo, porque penetra en ese territorio misterioso y temible que existe más allá de la frontera del dolor. El corazón late como una lavadora loca a punto de estallar, hierven los muslos, los pulmones se ahogan, los músculos gritan para que cese la tortura. Saltan todas las alarmas y el cuerpo pide clemencia, pero el ciclista prolonga cuanto puede esa agonía: “Cuántas veces cerré los ojos sobre la bicicleta -escribió Pello Ruiz Cabestany-. Me acuerdo de esos momentos tan duros, en los que me olvidaba de todo: de mis amigos, de mi familia, de mí mismo. Todas mis fuerzas concentradas en las bielas que subían y bajaban. Mis ojos se cerraban para que no entrase ningún pensamiento que pudiera distraerme. Llegaba a los límites físicos, a salirme de mi cuerpo”. Cuestión de límites. “He llegado muy lejos en el dolor”, confesó Miguel Induráin. Qué podría decir Armstrong, después de contrarrelojes y escaladas, operaciones y quimioterapias. 

Cuando años más tarde empezó a encadenar victorias en el Tour, los críticos más ponzoñosos quisieron envenenarle los méritos. Quizá porque era yanqui, quizá porque les parecía antipático, quizá porque ganaba siempre. Uno de los argumentos más podridos decía que el tejano había sido un buen ciclista, como tantos otros, pero que sólo empezó a ganar Tours después del cáncer porque se le permitía tomar ciertos fármacos misteriosos. Olvidaban que ha pasado cientos de controles, que la fiscalía francesa se ensañó con él y le investigó durante 21 meses sin encontrar ni un solo detalle turbio. Olvidaban que empezó a ganar Tours a la misma edad madura que otros campeones, y que ya había demostrado ser un ciclista prodigioso en sus primeros años.

En 1993 debutó en el Tour con el maillot de campeón de Estados Unidos y ya ganó su primera etapa, al imponerse en el esprint de un grupo de escapados. Sólo unas semanas más tarde, otra tormenta veraniega cayó sobre Oslo y Armstrong cruzó la meta a oscuras y chorreando, pero esta vez, además de toallas, le colgaron una medalla de oro y le vistieron un maillot arco iris: con 22 años había ganado el Campeonato del Mundo por delante de un Miguel Induráin en pleno apogeo. En una de las primeras jornadas del Tour de 1995 ofreció otra exhibición de sus cualidades como cazador de etapas: se coló en la fuga buena y atacó en los repechos precisos para descolgar a los rivales, pero el velocísimo Outschakov resistió sus tirones y le batió al esprint. En meta, Armstrong rabiaba por haber perdido semejante oportunidad de ganar su segunda etapa en el Tour (al final de su carrera acabaría sumando 25). Todas esas penas y rabias resultaron ridículas unos días más tarde: Fabio Cassartelli, campeón olímpico en Barcelona 92 y compañero de equipo de Armstrong, cayó en un descenso pirenaico y se abrió la cabeza contra un mojón de piedra. Al día siguiente el pelotón decidió recorrer la etapa en cortejo fúnebre, y los compañeros del difunto, Armstrong entre ellos, cruzaron la meta unos metros por delante del grupo. Pero el tejano quería ofrecer un homenaje a Cassartelli sin concesiones, y un par de etapas más tarde saltó del pelotón con dos ciclones de rabia por piernas. Muchos ciclistas intentaron alcanzarle, pero a ninguno le impulsaba la fuerza que hacía volar a Armstrong. Llegó solo a meta, soltó el manillar, miró al cielo y señaló hacia arriba con los dos índices: “It´s for you”. Cuando Armstrong descorchó el champán en el podio, descubrió que la botella estaba llena de lágrimas.

Y un par de semanas más tarde regresó a San Sebastián para cumplir su promesa: atacó en la subida a Jaizkibel, se presentó solo en el Boulevard y ganó con un puñetazo de orgullo al aire.

“El cáncer es lo mejor que me ha pasado”

En 1996 disputó las clásicas de primavera (ganó la Flecha Valona, fue segundo en la Lieja-Bastoña-Lieja) y dedicó el resto del año a preparar los Juegos Olímpicos de Atlanta. Pero no se sintió bien y quedó lejos de las medallas: sexto en la contrarreloj y duodécimo en la prueba en línea. Poco después se hizo unos análisis y descubrió que había corrido con 12 pequeños tumores en los pulmones. Tenía el cuerpo invadido por un coriocarcinoma muy avanzado y los médicos le dieron entre un 20 y un 50 por ciento de posibilidades de sobrevivir.

Se convenció de que iba a morir con 25 años. Lo asumió con serenidad, dominó el pánico y la autocompasión, y decidió que lo único que podía hacer era pelear con todas sus fuerzas. Siempre mostró un empeño tenaz por tomar las riendas de la vida y enfrentarse directamente a los problemas: si tenía cáncer, sólo podía intentar curarse. Así de sencillo. Sin lamentaciones ni rodeos. Ese carácter tan pragmático, tan independiente, tan decidido a abrirse paso por todas las dificultades, se había forjado durante la infancia y la adolescencia, con un padre al que nunca conoció y un padrastro que daba palizas a su madre y le azotaba a él con una pala de madera. No es casualidad que Armstrong viera la bicicleta como una herramienta que, por encima de otras cosas, le permitía decidir su propio camino: “Una bicicleta es un anhelado medio de transporte para quienes tenemos el corazón viajero”, cuenta en su biografía. “Nuestra primera bici nos sirve para aprender a tomar curvas y atravesar charcos, supone librarnos de la supervisión paterna y los toques de queda. Es una liberación misericordiosa de la dependencia de los padres, la manera independiente de ir al cine o a casa de un amigo. Es la primera oportunidad que tenemos de elegir la dirección en la que queremos ir”.

El tejano siempre ha tenido claro adónde ha querido ir. Sobrellevó con entereza los ciclos de quimioterapia, la caída del pelo, los vómitos, los dolores, la operación craneal, la extirpación de un testículo. Y dio sentido a ese padecimiento. Lo convirtió en parte de la preparación para convertirse en el mejor ciclista del mundo: “El dolor es positivo porque enseña a tu mente y a tu cuerpo cómo mejorar. Es como si tu inconsciente dijera: <Voy a recordar esto, voy a recordar lo que dolía, y aumentaré mi capacidad para resistirlo en otras ocasiones>”. Aplicaba esas lecciones del dolor en las sesiones de quimioterapia, pero supo que le valdrían también para el ciclismo: en 1997 le anunciaron que viviría, salió del hospital y saludó a la vida encima de una bici. Siempre cuenta a los enfermos de cáncer que él se apoyó en cuatro columnas para superarlo: conocimiento, respaldo, motivación y esperanza.

Armstrong llevaba años fascinado por una gran poza natural, un estanque de agua verdosa encerrado entre unos paredones de caliza de quince metros de altura, en las colinas de Texas. Se llama, qué cosas, Dead Man’s Hole. El Agujero del Muerto. Cuando ganó el Tour decidió comprar los terrenos circundantes, y cada vez que quiere convencerse del hecho milagroso de que sigue vivo conduce hasta la poza, se arrima al precipicio y salta los quince metros. Dice que en esos segundos de caída libre le entusiasma sentir los latidos frenéticos del corazón, el cosquilleo del vértigo, la dosis de terror. Luego el chapuzón violento, los jadeos, las brazadas hasta la orilla y la feliz vuelta a casa. “Un poco de miedo sienta muy bien”, dice, “siempre que sepas nadar, claro”.

Y él sabe nadar, de eso no hay duda. El miedo, lejos de atenazarle, le espabiló. Los críticos tienen razón en una cosa: el cáncer lo convirtió en un ganador del Tour. Pero no porque le dejaran tomar medicamentos especiales, sino porque le hizo replantearse la vida: “El cáncer es lo mejor que me ha pasado”, dice en sus memorias, “porque me hizo comprender muchas cosas. Antes de la enfermedad yo era un gandul, me pagaban un montón de dinero por hacer un trabajo al que no me entregaba al cien por cien, y eso era una vergüenza y un error. Cuando enfermé, me dije que si tenía otra oportunidad haría bien las cosas”.

Nada más salir del hospital, incluso cuando todavía debía volver con frecuencia para someterse a pruebas, comenzó a entrenarse. La vuelta a la carretera resultó un suplicio: los amigos de Texas con los que salía a pedalear debían esperarle en cada repecho. Armstrong no tenía fuerzas para mover piñones pequeños, de modo que se acostumbró a escalar montañas con un desarrollo muy ligero, con ese estilo tan acelerado que le caracterizó en los años siguientes. Consiguió volver a la competición, pero en la París-Niza de 1998 se bajó de la bici porque se descolgaba en cada cuesta, y anunció que se retiraba para siempre. Sin embargo, cuando colgó la bici en el gancho de su garaje se le rebeló la misma fuerza interior que le había obligado a pelear en el hospital. Siguió entrenándose, resistió cada vez mejor el ritmo del pelotón, incluso fue capaz de lanzar sus primeros ataques. Y a finales de 1998 merodeó los grandes podios: fue cuarto en la Vuelta a España, cuarto en el Mundial contrarreloj, cuarto en el Mundial en ruta.  Su director deportivo Johan Bruyneel le auguró que al año siguiente haría algo grande en el Tour. Armstrong le contestó que sí, que soñaba con ser el primer enfermo de cáncer que ganaba una etapa. “Yo hablo de ganar el Tour”, le respondió Bruyneel.

Ese invierno Armstrong se entregó a un trabajo meticuloso. Después de la enfermedad se había quedado con diez kilos menos de los que pesaba en sus inicios como ciclista: lo aprovechó para transformar su enorme cuerpo de triatleta musculoso en una figura más estilizada, mejor preparada para subir grandes puertos, y a la vez mantuvo su potencia de rodador para las contrarrelojes. Siguió trabajando con desarrollos ligeros hasta alcanzar un pedaleo muy revolucionado, ese molinillo tan característico. Y emprendió las rutinas que mantendría durante las siguientes temporadas: en invierno subía una y otra vez los puertos del Tour aunque a menudo encontrara las cimas bloqueadas por la nieve, recorría el trazado de las etapas y lo memorizaba palmo a palmo. Registraba todos los datos y las reacciones de su cuerpo, vivía pendiente del pulsómetro, el cuentakilómetos y la báscula. A lo largo de esos años formó su equipo con ciclistas que además de ser grandes escaladores (Hamilton, Livingston, Heras, Rubiera, Beltrán) o rodadores (Hincapie, Ekimov, Padrnos) corrían absolutamente comprometidos con la disciplina del grupo. Y llevó al extremo su manía por arañar segundos: le diseñaron las bicicletas más livianas con las técnicas de la industria aeroespacial, encargó a un técnico alemán que le fabricara a mano las ruedas más ligeras, pedaleó en un túnel de viento para buscar una posición más aerodinámica, incluso sugirió mejoras en el maillot para que las mangas ondearan menos. Cuando ganó el Tour de 1999 muchos hablaron de milagro. Armstrong lo explicó con dos palabras: preparación obsesiva.

Y después voló hasta Italia para regalar un maillot amarillo y uno de los leones de peluche del podio a la viuda y a la huérfana de Cassartelli.

Nieve negra

A pesar de que había arrasado en las contrarrelojes y en la montaña, ese primer triunfo dejó dudas, porque no habían participado los últimos ganadores del Tour -Ullrich y Pantani- y porque el segundo clasificado, Zulle, había perdido siete minutos en una caída. En 2000 Armstrong ganó sin problemas a todos ellos, pero en la subida al Joux Plane, último puerto de relevancia en aquella edición, sufrió una pájara tremenda y cedió buena parte de su ventaja. Por suerte para él, quedaba poco terreno hasta la meta, pero esa crisis alimentó las esperanzas de los aspirantes para el año siguiente.

El estadounidense siguió cebando las ilusiones de sus rivales en la fabulosa partida de póquer que jugó en la primera etapa alpina de 2001: sabía que sus compañeros de equipo estaban bastante tocados y no podrían controlar grandes batallas, de modo que decidió pasar toda la jornada a cola de grupo, con mala cara. La televisión repetía una y otra vez sus gestos de dolor, sus resoplidos, sus aparentes dificultades para seguir el ritmo. Las motos entrevistaban al director Bruyneel, quien parecía apesadumbrado y declaraba que intentarían resistir la etapa lo mejor posible, y el equipo de Ullrich entró al trapo: pasaron a la cabeza y aceleraron la marcha, para ver si Armstrong reventaba definitivamente. En realidad le estaban haciendo la carrera: el grupo viajaba rápido y compacto, cada vez más reducido, sin ataques ni escapadas peligrosas. En cuanto llegaron al pie de Alpe d´Huez, Armstrong sonrió, salió disparado y machacó las piernas y las esperanzas de todos sus contrarios. Una jugada maestra.

Ese Tour y el de 2002 fueron bastante sencillos, pero le costó horrores ganar el de 2003, el del centenario, el quinto de su cuenta. Se deshidrató en una contrarreloj y estuvo a punto de perder el liderato, padeció los ataques en tromba de Iban Mayo y Joseba Beloki, incluso los de su antiguo compañero Tyler Hamilton, que corrió desde la segunda etapa con el hombro vendado por una fisura en la clavícula. Armstrong flaqueó en la subida a Bonascre, y tanto Ullrich como Vinokurov se arrimaron a un puñado de segundos de su maillot. Nunca se le había visto sufrir tanto y nunca había tenido tantos rivales peligrosos tan cerca. Para complicar más el asunto, en la subida a Luz Ardiden se enganchó con un espectador y cayó. Por un momento pensó que había perdido el Tour, pero entonces se le encendió su rabia más genuina, saltó al sillín, pedaleó como una bala hasta alcanzar a sus rivales -que habían tenido la nobleza de esperarle- y después atacó para ganar la etapa y sentenciar el quinto Tour.

En el sexto y el séptimo, Armstrong pedaleó ya en el terreno de la leyenda. Se despidió vestido de amarillo en París, con el Arco del Triunfo al fondo: era el ciclista que había derrotado al Tour. Y conocía el precio que había pagado para lograrlo. Llevaba grabadas en la memoria unas palabras de Hennie Kuiper, el holandés que venció en Alpe d´Huez en 1977 y 1978: “Iba tan mal que miraba a la nieve y la veía negra”. Ese sufrimiento sobre la bicicleta le recordaba a Armstrong su agonía en el hospital: “El Tour de Francia es una demostración de supervivencia. Recorrer todo un país subido a la bicicleta, ciudad tras ciudad, bordeando sus costas, subiendo y bajando montañas, exige una tremenda resistencia, muy parecida a la que necesitan todos los días las personas enfermas. El Tour es un festival del sufrimiento humano”. Armstrong había visto nieve negra unas cuantas veces. Lo habían desahuciado. Pero se empeñó en tomar las riendas de la vida, y las del Tour. “Una vida gastada a la defensiva, sumido en la preocupación, es una vida mal invertida”, dijo. “Me gusta controlar las situaciones, me gusta ganar, me gusta llevar las cosas hasta el límite”.

 

LAS VÍCTIMAS DE ARMSTRONG

JAN ULLRICH, CINCO VECES SEGUNDO

El alemán Ullrich estuvo a punto de ganar el Tour de 1996 sin proponérselo: con sólo 23 años ayudó a su jefe Bjarne Riis a destronar a Induráin, pero desplegó una fuerza tan descomunal que pasó en cabeza las montañas, ganó la última crono y le faltó un pelo para vestirse de amarillo en París. Su triunfo del año siguiente, por delante de Virenque y Pantani, parecía el primero de una futura ristra de victorias. Sin embargo, se especializó en coleccionar segundos puestos. Tenía bien atado el Tour de 1998 hasta que una tormenta helada y una pájara desastrosa en los Alpes le hicieron ceder el maillot a Pantani. Perdió esa oportunidad y la siguiente, cuando una lesión le impidió salir en la edición que por primera vez ganaría Armstrong. Ullrich volvió en 2000 dispuesto a recuperar el trono, pero ya sólo pudo ser la sombra más amenazante para el tejano. En ocho participaciones ha sumado un triunfo, cinco segundos puestos, un tercero y un cuarto.  

JOSEBA BELOKI, DESTROZADO EN EL INTENTO

Llevaba tres años seguidos pisando el podio (tercero en 2000 y 2001, segundo en 2002) y le acusaban de conservador: apenas se le recordaba un tímido ataque contra Armstrong, en el Mont Ventoux. Pero en 2003 Beloki decidió pelear hasta que uno de los dos reventara. En Alpe d´Huez atacó tres o cuatro veces y Armstrong pasó uno de sus peores momentos en el Tour. Al día siguiente el vasco demarró en una pequeña cota y volvió a lanzarse en el último descenso del día, pero entró desbocado en una curva revirada, traicionera, con el asfalto derretido por el calor. Frenó a destiempo. Se inclinó demasiado. El tubular trasero patinó sobre la brea fundida y se salió. El metal de la llanta chirrió contra el asfalto, la bici se encabritó y Beloki salió por los aires. Armstrong lo esquivó por medio metro, se salió de la carretera y atravesó un campo de cereales dando tumbos, hasta encontrar de nuevo el camino. Beloki se había roto el fémur, el codo, la muñeca y las esperanzas de ganar un Tour.