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Lance Armstrong. El ciclista que derrotó al Tour
Un
pequeño dato ayuda a comprender la magnitud de la
hazaña que ha firmado Lance Armstrong. Si repasamos
las clasificaciones de los últimos siete Tours de
Francia, veremos que sólo tres ciclistas aparecen en
todas ellas, además del estadounidense: su escudero
George Hincapie, Giuseppe Guerini y Francisco
Mancebo. El mero hecho de terminar siete Tours
consecutivos, sin sufrir accidentes, enfermedades o
bajones de forma supone una proeza al alcance de
casi nadie. Ganarlos todos es una de las mayores
hazañas de la historia del deporte. Y si el vencedor
ha padecido antes un cáncer, el asunto roza ya lo
milagroso. Cuando le anunciaron que su cuerpo estaba
invadido por los tumores, el tejano decidió pelear
con todas sus fuerzas y su orgullo: “El cáncer nunca
se ha enfrentado a nadie como yo”. El Tour de
Francia tampoco.
Armstrong ha elevado la marca hasta las siete
victorias, una de esas cifras del deporte que
parecen señalar un límite para la capacidad humana,
una frontera física que quizá nadie superará. El
americano sabe bien lo que es pelear en los últimos
límites. Con 25 años descubrió que un cáncer estaba
devorando su cuerpo, que tenía tumores en los
testículos, el abdomen, los pulmones y el cerebro.
Una condena de muerte casi segura. Pero él poseía un
físico excepcional, capaz de superar dos operaciones
y cuatro ciclos de quimioterapia, y una fortaleza
mental arrolladora, que primero le sirvió para no
derrumbarse ante la cercanía de la muerte y después
para empeñarse en volver a ser ciclista, contra la
falta de confianza y la mezquindad de quienes le
habían recortado el sueldo mientras sufría en el
hospital.
Superó todos los listones: primero pudo con el
cáncer, luego fue capaz de subirse otra vez a la
bici, compitió con los mejores del mundo y les ganó.
Y más allá de los siete triunfos en París, más allá
de esa cifra mágica, el tejano ha conseguido algo
que ningún ciclista había logrado jamás: derrotar al
Tour. Hasta que llegó Armstrong, la ronda gala
siempre acababa cobrando su tributo, devorando a los
campeones: cuando intentaban conquistar un sexto
Tour -esa especie de fruto prohibido- los mejores
ciclistas de la historia sufrían unos
desfallecimientos feroces, como si recibieran el
castigo de un dios furioso por semejante blasfemia.
Basta con recordar a Anquetil echando pie a tierra
en 1966 camino de Saint-Étienne, enfermo, agotado,
lloroso; a Merckx en 1975, dando eses como una
marioneta rota en Pra Loup; a Hinault, babeando y
con los ojos en blanco en Superbagnéres en 1986; a
Induráin, fundido y deshidratado en Les Arcs en
1996. Armstrong ha mantenido un pedaleo contundente
hasta el último día de su séptimo Tour, ha
franqueado lo que parecía otra frontera insalvable.
Y ha convertido la hazaña en un mensaje de esperanza
para los enfermos de cáncer: se puede derrotar al
Tour, se puede derrotar a la enfermedad. Es su mayor
orgullo y su lección de vida más hermosa.
“Volveré para ganar”
La lección comenzó en agosto de 1992, durante la
Clásica de San Sebastián, cuando una tormenta
estalló sobre el monte Jaizkibel y un aguacero
helado se tragó al pelotón. Sólo continuaron los
favoritos que peleaban por el triunfo, porque los
demás corredores dieron media vuelta hacia los
hoteles para ahorrarse los últimos treinta
kilómetros bajo el chaparrón. También resistía
alguien más: un ciclista novato que marchaba último,
muy lejos de la cabeza, empeñado en terminar la
carrera. Los corredores que volvían en dirección
contraria, de camino al hotel, le tomaban el pelo y
le jaleaban con sorna, pero él tenía las ideas
claras. Era su primera competición profesional y
quería acabarla. Llegó al Boulevard donostiarra con
media hora de retraso, reventado, temblando, cuando
los demás ciclistas ya estaban en la ducha y los
operarios desmontaban la meta. Las crónicas del día
siguiente mencionaban la anécdota de aquel chaval
tozudo que no quiso retirarse. Se llamaba Lance
Armstrong, un americano de 21 años. Mientras lo
envolvían en toallas y abrigos, había murmurado una
promesa: “Volveré a esta carrera y la ganaré”.
Desde
su primer día como profesional Armstrong demostró
una capacidad de sufrimiento y un afán de superación
fuera de lo común. La diferencia entre un ciclista
con grandes cualidades físicas y un campeón reside
en la capacidad agonística, en ese punto del
sufrimiento que distingue a unas personas de otras.
Por eso fascina el ciclismo, porque penetra en ese
territorio misterioso y temible que existe más allá
de la frontera del dolor. El corazón late como una
lavadora loca a punto de estallar, hierven los
muslos, los pulmones se ahogan, los músculos gritan
para que cese la tortura. Saltan todas las alarmas y
el cuerpo pide clemencia, pero el ciclista prolonga
cuanto puede esa agonía: “Cuántas veces cerré los
ojos sobre la bicicleta -escribió Pello Ruiz
Cabestany-. Me acuerdo de esos momentos tan duros,
en los que me olvidaba de todo: de mis amigos, de mi
familia, de mí mismo. Todas mis fuerzas concentradas
en las bielas que subían y bajaban. Mis ojos se
cerraban para que no entrase ningún pensamiento que
pudiera distraerme. Llegaba a los límites físicos, a
salirme de mi cuerpo”. Cuestión de límites. “He
llegado muy lejos en el dolor”, confesó Miguel
Induráin. Qué podría decir Armstrong, después de
contrarrelojes y escaladas, operaciones y
quimioterapias.
Cuando años más tarde empezó a encadenar victorias
en el Tour, los críticos más ponzoñosos quisieron
envenenarle los méritos. Quizá porque era yanqui,
quizá porque les parecía antipático, quizá porque
ganaba siempre. Uno de los argumentos más podridos
decía que el tejano había sido un buen ciclista,
como tantos otros, pero que sólo empezó a ganar
Tours después del cáncer porque se le permitía tomar
ciertos fármacos misteriosos. Olvidaban que ha
pasado cientos de controles, que la fiscalía
francesa se ensañó con él y le investigó durante 21
meses sin encontrar ni un solo detalle turbio.
Olvidaban que empezó a ganar Tours a la misma edad
madura que otros campeones, y que ya había
demostrado ser un ciclista prodigioso en sus
primeros años.
En 1993 debutó en el Tour con el maillot de campeón
de Estados Unidos y ya ganó su primera etapa, al
imponerse en el esprint de un grupo de escapados.
Sólo unas semanas más tarde, otra tormenta veraniega
cayó sobre Oslo y Armstrong cruzó la meta a oscuras
y chorreando, pero esta vez, además de toallas, le
colgaron una medalla de oro y le vistieron un
maillot arco iris: con 22 años había ganado el
Campeonato del Mundo por delante de un Miguel
Induráin en pleno apogeo. En una de las primeras
jornadas del Tour de 1995 ofreció otra exhibición de
sus cualidades como cazador de etapas: se coló en la
fuga buena y atacó en los repechos precisos para
descolgar a los rivales, pero el velocísimo
Outschakov resistió sus tirones y le batió al
esprint. En meta, Armstrong rabiaba por haber
perdido semejante oportunidad de ganar su segunda
etapa en el Tour (al final de su carrera acabaría
sumando 25). Todas esas penas y rabias resultaron
ridículas unos días más tarde: Fabio Cassartelli,
campeón olímpico en Barcelona 92 y compañero de
equipo de Armstrong, cayó en un descenso pirenaico y
se abrió la cabeza contra un mojón de piedra. Al día
siguiente el pelotón decidió recorrer la etapa en
cortejo fúnebre, y los compañeros del difunto,
Armstrong entre ellos, cruzaron la meta unos metros
por delante del grupo. Pero el tejano quería ofrecer
un homenaje a Cassartelli sin concesiones, y un par
de etapas más tarde saltó del pelotón con dos
ciclones de rabia por piernas. Muchos ciclistas
intentaron alcanzarle, pero a ninguno le impulsaba
la fuerza que hacía volar a Armstrong. Llegó solo a
meta, soltó el manillar, miró al cielo y señaló
hacia arriba con los dos índices: “It´s for you”.
Cuando Armstrong descorchó el champán en el podio,
descubrió que la botella estaba llena de lágrimas.
Y un par de semanas más tarde regresó a San
Sebastián para cumplir su promesa: atacó en la
subida a Jaizkibel, se presentó solo en el Boulevard
y ganó con un puñetazo de orgullo al aire.
“El cáncer es lo mejor que me ha
pasado”
En 1996 disputó las clásicas de primavera (ganó la
Flecha Valona, fue segundo en la
Lieja-Bastoña-Lieja) y dedicó el resto del año a
preparar los Juegos Olímpicos de Atlanta. Pero no se
sintió bien y quedó lejos de las medallas: sexto en
la contrarreloj y duodécimo en la prueba en línea.
Poco después se hizo unos análisis y descubrió que
había corrido con 12 pequeños tumores en los
pulmones. Tenía el cuerpo invadido por un
coriocarcinoma muy avanzado y los médicos le dieron
entre un 20 y un 50 por ciento de posibilidades de
sobrevivir.
Se
convenció de que iba a morir con 25 años. Lo asumió
con serenidad, dominó el pánico y la autocompasión,
y decidió que lo único que podía hacer era pelear
con todas sus fuerzas. Siempre mostró un empeño
tenaz por tomar las riendas de la vida y enfrentarse
directamente a los problemas: si tenía cáncer, sólo
podía intentar curarse. Así de sencillo. Sin
lamentaciones ni rodeos. Ese carácter tan
pragmático, tan independiente, tan decidido a
abrirse paso por todas las dificultades, se había
forjado durante la infancia y la adolescencia, con
un padre al que nunca conoció y un padrastro que
daba palizas a su madre y le azotaba a él con una
pala de madera. No es casualidad que Armstrong viera
la bicicleta como una herramienta que, por encima de
otras cosas, le permitía decidir su propio camino:
“Una bicicleta es un anhelado medio de transporte
para quienes tenemos el corazón viajero”, cuenta en
su biografía. “Nuestra primera bici nos sirve para
aprender a tomar curvas y atravesar charcos, supone
librarnos de la supervisión paterna y los toques de
queda. Es una liberación misericordiosa de la
dependencia de los padres, la manera independiente
de ir al cine o a casa de un amigo. Es la primera
oportunidad que tenemos de elegir la dirección en la
que queremos ir”.
El
tejano siempre ha tenido claro adónde ha querido ir.
Sobrellevó con entereza los ciclos de quimioterapia,
la caída del pelo, los vómitos, los dolores, la
operación craneal, la extirpación de un testículo. Y
dio sentido a ese padecimiento. Lo convirtió en
parte de la preparación para convertirse en el mejor
ciclista del mundo: “El dolor es positivo porque
enseña a tu mente y a tu cuerpo cómo mejorar. Es
como si tu inconsciente dijera: <Voy a recordar
esto, voy a recordar lo que dolía, y aumentaré mi
capacidad para resistirlo en otras ocasiones>”.
Aplicaba esas lecciones del dolor en las sesiones de
quimioterapia, pero supo que le valdrían también
para el ciclismo: en 1997 le anunciaron que viviría,
salió del hospital y saludó a la vida encima de una
bici. Siempre cuenta a los enfermos de cáncer que él
se apoyó en cuatro columnas para superarlo:
conocimiento, respaldo, motivación y esperanza.
Armstrong llevaba años fascinado por una gran poza
natural, un estanque de agua verdosa encerrado entre
unos paredones de caliza de quince metros de altura,
en las colinas de Texas. Se llama, qué cosas, Dead
Man’s Hole. El Agujero del Muerto. Cuando ganó el
Tour decidió comprar los terrenos circundantes, y
cada vez que quiere convencerse del hecho milagroso
de que sigue vivo conduce hasta la poza, se arrima
al precipicio y salta los quince metros. Dice que en
esos segundos de caída libre le entusiasma sentir
los latidos frenéticos del corazón, el cosquilleo
del vértigo, la dosis de terror. Luego el chapuzón
violento, los jadeos, las brazadas hasta la orilla y
la feliz vuelta a casa. “Un poco de miedo sienta muy
bien”, dice, “siempre que sepas nadar, claro”.
Y él
sabe nadar, de eso no hay duda. El miedo, lejos de
atenazarle, le espabiló. Los críticos tienen razón
en una cosa: el cáncer lo convirtió en un ganador
del Tour. Pero no porque le dejaran tomar
medicamentos especiales, sino porque le hizo
replantearse la vida: “El cáncer es lo mejor que me
ha pasado”, dice en sus memorias, “porque me hizo
comprender muchas cosas. Antes de la enfermedad yo
era un gandul, me pagaban un montón de dinero por
hacer un trabajo al que no me entregaba al cien por
cien, y eso era una vergüenza y un error. Cuando
enfermé, me dije que si tenía otra oportunidad haría
bien las cosas”.
Nada
más salir del hospital, incluso cuando todavía debía
volver con frecuencia para someterse a pruebas,
comenzó a entrenarse. La vuelta a la carretera
resultó un suplicio: los amigos de Texas con los que
salía a pedalear debían esperarle en cada repecho.
Armstrong no tenía fuerzas para mover piñones
pequeños, de modo que se acostumbró a escalar
montañas con un desarrollo muy ligero, con ese
estilo tan acelerado que le caracterizó en los años
siguientes. Consiguió volver a la competición, pero
en la París-Niza de 1998 se bajó de la bici porque
se descolgaba en cada cuesta, y anunció que se
retiraba para siempre. Sin embargo, cuando colgó la
bici en el gancho de su garaje se le rebeló la misma
fuerza interior que le había obligado a pelear en el
hospital. Siguió entrenándose, resistió cada vez
mejor el ritmo del pelotón, incluso fue capaz de
lanzar sus primeros ataques. Y a finales de 1998
merodeó los grandes podios: fue cuarto en la Vuelta
a España, cuarto en el Mundial contrarreloj, cuarto
en el Mundial en ruta. Su director deportivo Johan
Bruyneel le auguró que al año siguiente haría algo
grande en el Tour. Armstrong le contestó que sí, que
soñaba con ser el primer enfermo de cáncer que
ganaba una etapa. “Yo hablo de ganar el Tour”, le
respondió Bruyneel.
Ese invierno Armstrong se entregó a un trabajo meticuloso. Después de la
enfermedad se había quedado con diez kilos menos de
los que pesaba en sus inicios como ciclista: lo
aprovechó para transformar su enorme cuerpo de
triatleta musculoso en una figura más estilizada,
mejor preparada para subir grandes puertos, y a la
vez mantuvo su potencia de rodador para las
contrarrelojes. Siguió trabajando con desarrollos
ligeros hasta alcanzar un pedaleo muy revolucionado,
ese molinillo tan característico. Y emprendió las
rutinas que mantendría durante las siguientes
temporadas: en invierno subía una y otra vez los
puertos del Tour aunque a menudo encontrara las
cimas bloqueadas por la nieve, recorría el trazado
de las etapas y lo memorizaba palmo a palmo.
Registraba todos los datos y las reacciones de su
cuerpo, vivía pendiente del pulsómetro, el
cuentakilómetos y la báscula. A lo largo de esos
años formó su equipo con ciclistas que además de ser
grandes escaladores (Hamilton, Livingston, Heras,
Rubiera, Beltrán) o rodadores (Hincapie, Ekimov,
Padrnos) corrían absolutamente comprometidos con la
disciplina del grupo. Y llevó al extremo su manía
por arañar segundos: le diseñaron las bicicletas más
livianas con las técnicas de la industria
aeroespacial, encargó a un técnico alemán que le
fabricara a mano las ruedas más ligeras, pedaleó en
un túnel de viento para buscar una posición más
aerodinámica, incluso sugirió mejoras en el maillot
para que las mangas ondearan menos. Cuando ganó el
Tour de 1999 muchos hablaron de milagro. Armstrong
lo explicó con dos palabras: preparación obsesiva.
Y después voló hasta Italia para regalar un maillot amarillo y uno de
los leones de peluche del podio a la viuda y a la
huérfana de Cassartelli.
Nieve negra
A pesar de que había arrasado en las
contrarrelojes y en la montaña, ese primer triunfo
dejó dudas, porque no habían participado los últimos
ganadores del Tour -Ullrich y Pantani- y porque el
segundo clasificado, Zulle, había perdido siete
minutos en una caída. En 2000 Armstrong ganó sin
problemas a todos ellos, pero en la subida al Joux
Plane, último puerto de relevancia en aquella
edición, sufrió una pájara tremenda y cedió buena
parte de su ventaja. Por suerte para él, quedaba
poco terreno hasta la meta, pero esa crisis alimentó
las esperanzas de los aspirantes para el año
siguiente.
El estadounidense siguió cebando las
ilusiones de sus rivales en la fabulosa partida de
póquer que jugó en la primera etapa alpina de 2001:
sabía que sus compañeros de equipo estaban bastante
tocados y no podrían controlar grandes batallas, de
modo que decidió pasar toda la jornada a cola de
grupo, con mala cara. La televisión repetía una y
otra vez sus gestos de dolor, sus resoplidos, sus
aparentes dificultades para seguir el ritmo. Las
motos entrevistaban al director Bruyneel, quien
parecía apesadumbrado y declaraba que intentarían
resistir la etapa lo mejor posible, y el equipo de
Ullrich entró al trapo: pasaron a la cabeza y
aceleraron la marcha, para ver si Armstrong
reventaba definitivamente. En realidad le estaban
haciendo la carrera: el grupo viajaba rápido y
compacto, cada vez más reducido, sin ataques ni
escapadas peligrosas. En cuanto llegaron al pie de
Alpe d´Huez, Armstrong sonrió, salió disparado y
machacó las piernas y las esperanzas de todos sus
contrarios. Una jugada maestra.
Ese Tour y el de 2002 fueron
bastante sencillos, pero le costó horrores ganar el
de 2003, el del centenario, el quinto de su cuenta.
Se deshidrató en una contrarreloj y estuvo a punto
de perder el liderato, padeció los ataques en tromba
de Iban Mayo y Joseba Beloki, incluso los de su
antiguo compañero Tyler Hamilton, que corrió desde
la segunda etapa con el hombro vendado por una
fisura en la clavícula. Armstrong flaqueó en la
subida a Bonascre, y tanto Ullrich como Vinokurov se
arrimaron a un puñado de segundos de su maillot.
Nunca se le había visto sufrir tanto y nunca había
tenido tantos rivales peligrosos tan cerca. Para
complicar más el asunto, en la subida a Luz Ardiden
se enganchó con un espectador y cayó. Por un momento
pensó que había perdido el Tour, pero entonces se le
encendió su rabia más genuina, saltó al sillín,
pedaleó como una bala hasta alcanzar a sus rivales
-que habían tenido la nobleza de esperarle- y
después atacó para ganar la etapa y sentenciar el
quinto Tour.
En el sexto y el séptimo, Armstrong
pedaleó ya en el terreno de la leyenda. Se despidió
vestido de amarillo en París, con el Arco del
Triunfo al fondo: era el ciclista que había
derrotado al Tour. Y conocía el precio que había
pagado para lograrlo. Llevaba grabadas en la memoria
unas palabras de Hennie Kuiper, el holandés que
venció en Alpe d´Huez en 1977 y 1978: “Iba tan mal
que miraba a la nieve y la veía negra”. Ese
sufrimiento sobre la bicicleta le recordaba a
Armstrong su agonía en el hospital: “El Tour de
Francia es una demostración de supervivencia.
Recorrer todo un país subido a la bicicleta, ciudad
tras ciudad, bordeando sus costas, subiendo y
bajando montañas, exige una tremenda resistencia,
muy parecida a la que necesitan todos los días las
personas enfermas. El Tour es un festival del
sufrimiento humano”. Armstrong había visto nieve
negra unas cuantas veces. Lo habían desahuciado.
Pero se empeñó en tomar las riendas de la vida, y
las del Tour. “Una vida gastada a la defensiva,
sumido en la preocupación, es una vida mal
invertida”, dijo. “Me gusta controlar las
situaciones, me gusta ganar, me gusta llevar las
cosas hasta el límite”.
LAS VÍCTIMAS DE ARMSTRONG
JAN ULLRICH, CINCO VECES SEGUNDO
El alemán Ullrich estuvo a punto de ganar el Tour de
1996 sin proponérselo: con sólo 23 años ayudó a su
jefe Bjarne Riis a destronar a Induráin, pero
desplegó una fuerza tan descomunal que pasó en
cabeza las montañas, ganó la última crono y le faltó
un pelo para vestirse de amarillo en París. Su
triunfo del año siguiente, por delante de Virenque y
Pantani, parecía el primero de una futura ristra de
victorias. Sin embargo, se especializó en
coleccionar segundos puestos. Tenía bien atado el
Tour de 1998 hasta que una tormenta helada y una
pájara desastrosa en los Alpes le hicieron ceder el
maillot a Pantani. Perdió esa oportunidad y la
siguiente, cuando una lesión le impidió salir en la
edición que por primera vez ganaría Armstrong.
Ullrich volvió en 2000 dispuesto a recuperar el
trono, pero ya sólo pudo ser la sombra más
amenazante para el tejano. En ocho participaciones
ha sumado un triunfo, cinco segundos puestos, un
tercero y un cuarto.
JOSEBA BELOKI, DESTROZADO EN EL
INTENTO
Llevaba tres años seguidos pisando el podio (tercero
en 2000 y 2001, segundo en 2002) y le acusaban de
conservador: apenas se le recordaba un tímido ataque
contra Armstrong, en el Mont Ventoux. Pero en 2003
Beloki decidió pelear hasta que uno de los dos
reventara. En Alpe d´Huez atacó tres o cuatro veces
y Armstrong pasó uno de sus peores momentos en el
Tour. Al día siguiente el vasco demarró en una
pequeña cota y volvió a lanzarse en el último
descenso del día, pero entró desbocado en una curva
revirada, traicionera, con el asfalto derretido por
el calor. Frenó a destiempo. Se inclinó demasiado.
El tubular trasero patinó sobre la brea fundida y se
salió. El metal de la llanta chirrió contra el
asfalto, la bici se encabritó y Beloki salió por los
aires. Armstrong lo esquivó por medio metro, se
salió de la carretera y atravesó un campo de
cereales dando tumbos, hasta encontrar de nuevo el
camino. Beloki se había roto el fémur, el codo, la
muñeca y las esperanzas de ganar un Tour.
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