El testamento del chacal
      
   
 

 
Viaje por el país de la sed

En las afueras de la ciudad, el chófer de la furgoneta colectiva pega un volantazo, abandona la carretera y toma un sendero de tierra. Traqueteamos entre chabolas por unas callejuelas reviradas: es un campo de refugiados. Hace casi veinticinco años, miles de familias del Cuerno de África huyeron de su tierra, hambrienta o bombardeada, cruzaron la frontera de Yibuti y se plantaron en esta llanura quemada, en unas tiendas de lona que dispusieron para acogerlos. Con el tiempo, la lona se pudrió y los refugiados acarrearon tablas, bidones y llantas para levantar unos chamizos. Cuesta entender de dónde trajeron tantas toneladas de chatarra, pieza a pieza, para construir esta patria de polvo, latas y cartón. Y aquí siguen, en este vertedero humano donde aún se hacinan miles de etíopes, somalíes, sudaneses, yemeníes y hasta yibutíes llegados del desierto. Nuestra furgoneta avanza por un paisaje que se repite como las células idénticas de un organismo podrido: las mismas chabolas de maderas y chapa una tras otra, los mismos escombros, los mismos socavones en el camino, los mismos charcos estancados -cultivo perfecto para el dengue y otras porquerías-, las mismas cabras tetudas, los mismos niños. El crecimiento de la capital absorbió estos núcleos infectos, donde de vez en cuando estallan las revueltas de los miserables, y donde los refugiados caen como moscas por enfermedades como la malaria, el tétanos o la fiebre amarilla.
Paramos. El chófer y sus amiguetes bajan y se pierden entre chabolas para comprar kat y hacer otros recados, se olvidan de los pasajeros y de la furgoneta, varada como un ovni averiado en medio del gentío. El suburbio bulle, la gente camina de un lado para otro, se apresuran hacia quién sabe qué tareas. Un enjambre de chavales curiosos rodea nuestro vehículo, que también hierve al sol.
Nos cocemos. Decido escaparme de este encierro claustrofóbico, pero para salir por la puerta de la furgoneta tendría que desencajar toda la estructura de pasajeros, apretados en hileras como cajones de mercancía, así que abro una ventanilla lateral y me escurro hacia fuera como puedo, entre el cachondeo de los niños.
Paseo por las callejuelas, sin alejarme demasiado del taxi brousse. Aquel chacal moribundo de los orígenes de Yibuti anticipaba el futuro trágico de esta ciudad, en la que se concentran 250.000 de los 400.000 habitantes del país. El chacal fundador, una versión miserable de la loba romana, murió de hambre de la misma manera en que hoy mueren demasiados yibutíes.
Los nómadas, que también llevan su patria en la planta de los pies, se las arreglan para malvivir en el puro desierto, a la sombra de una acacia solitaria o en una tienda de ramas y pieles, con una decena de cabras y un par de camellos. Su destino pende de las nubes: necesitan alguna lluvia ocasional que renueve los pozos. Muchas mujeres de las aldeas caminan bajo el sol un par de horas todos los días hasta el pozo más cercano, cargan a sus espaldas bidones de veinte litros y regresan. Los náufragos de la ciudad, a su vez, se apelotonan en estos suburbios, donde la porquería de las calles apesta y las familias con una decena de hijos consagran el día a su único objetivo: escarbar en la desolación en busca de algo para comer, una batalla desesperante que se reanuda todos los días, siempre. Los adultos distraen el hambre mascando hojas de kat. Los bebés mueren deshidratados por las diarreas. En el país más tórrido del mundo, los niños y las cabras se disputan el agua en las mismas latas oxidadas.
Uno de cada siete niños muere en sus primeros años de vida. Un adulto de 50 años está ya desdentado, tuerto o cojo, es un anciano con los días contados. La esperanza de vida para los hombres se planta en los 49,01 años, con el retintín de ese 0,01 que recuerda a una condena: 49 años y un día. En las listas que miden el bienestar de las naciones, Yibuti siempre merodea el farolillo rojo.
Sin embargo, sorprende la amabilidad de estos suburbios que ayer nos parecieron hostiles. En el paseo me acompaña una nube de niños alegres. Entre sus risas se cuela una estadística que me taladra las sienes: dos o tres de ellos morirán antes de crecer metro y medio. Una vacuna lo evitaría por cuatro duros. Los adultos -analfabetos, esqueléticos, mutilados- se acercan a chocarme los cinco y sacan una sonrisa de piano. Son todo muñones: cicatrices de las minas o de infecciones cortadas por lo sano. Ellos, al menos, son los orgullosos supervivientes que aún podrán vivir los cinco o diez años más que les promete la estadística.
En mi patria, según decimos, somos los que mejor comemos del mundo. En este suburbio de Yibuti, un niño flaco y espabilado arrebata la cáscara de mango que chupaba una cabra y la apura a lengüetazos. Y en mi patria, a algunos les da tiempo entre los entremeses y el primero para alegar opresiones y justificar asesinatos. En los postres se brinda y solemos cantar.
Quien viaja tiene que intentar hacerse daño. Yo tengo que viajar para que mi tierra me duela aún más.

(…)

Dejamos atrás las últimas migajas de civilización y entramos en el desierto, una desolación gris y ocre punteada por arbustos salinos, donde sobreviven los dromedarios, los monos babuinos, los espinos y algunas acacias. El terreno se abulta aquí y allá con algunas colinas peladas que se suceden como jorobas y van menguando hasta rendirse a la llanura. El horizonte tiembla por las reverberaciones que produce el calor, y del fondo surge una figura difuminada que parece humana y camina deprisa: un nómada del desierto.
Henri de Monfreid describió la región a principios del siglo XX y desde entonces el panorama no ha cambiado mucho: “Por detrás de la ciudad, un desierto de lava negra, cubierto por zarzales espinosos, extiende a lo largo de trescientos kilómetros una inexorable soledad, hasta las altiplanicies de Harar. La civilización se detiene ante esta naturaleza salvaje, que no concede nada para la vida de sus criaturas. Solamente los issas, salvajes y crueles, viven allí como nómadas, con la lanza y el puñal siempre preparados para terminar con el viajero blanco que aún no haya muerto bajo el sol”. Este interior del país es una de las zonas más desgraciadas del mundo, con menos recursos alimentarios que Etiopía o Somalia. Las sequías perennes exterminan la poca vida que se atreve a instalarse en el desierto.
Entre 1978 y 1980, una sequía catastrófica devastó Yibuti, como si fuera una maldición bíblica dejada por los colonos franceses que acababan de marcharse. Una flota penosa de camiones cisterna repartía agua por el país, y gracias a ese suministro los niños bebían una ración de agua al día, y los adultos, una vez cada dos días. Sólo en 1980, mil personas murieron de hambre y sed. 34.000 personas -una cuarta parte de los pastores nómadas- perdieron sus rebaños por completo en una región donde los animales son el único recurso para sobrevivir. La ayuda exterior llegó demasiado tarde. Muchos nómadas murieron y otros intentaron llegar con sus animales hasta los depósitos de agua de la capital: los esqueletos de las bestias alfombraron el paisaje calcinado del país, y a las puertas de la ciudad tuvieron que amontonar los cadáveres podridos de las cabras y los camellos para quemarlos en piras. La sequía quemó todo el país; apenas dejó algo para legarlo en testamento.
Después de esas hogueras terribles, el gobierno intentó poner remedios para el futuro. En la ciudad de Yibuti y en las capitales de las provincias -pueblos de cinco o seis mil habitantes- se instalaron depósitos de agua para facilitar la ayuda urgente, se construyeron reservas de piensos y forrajes para el ganado, se levantaron diques para retener una parte de las lluvias torrenciales que se vierten al mar. Las autoridades aconsejaron a los nómadas que construyeran pequeñas represas para retener el agua. Al menos para eso no les faltaría materia prima en Yibuti, país rico en piedras. A pesar de estas medidas, Yibuti padeció también la sequía horrible de 1984, aquella que provocó la hambruna de Etiopía y mató a cientos de miles de personas en todo el este de África. En las entradas a la ciudad de Yibuti, se amontonaban más pirámides de cabras muertas.
En todo Yibuti no corre ningún curso de agua permanente y en el desierto quedan las huellas de cauces secos, oueds muertos donde a veces fluye un hilo de agua que nunca llega al mar. Las lluvias son muy escasas pero torrenciales: cuando llueve, los ríos se desbordan con furia y provocan inundaciones también mortales. Las riadas de 1981 y 1989 ahogaron a una docena de personas, arrasaron los suburbios de Yibuti, dejaron sin techo a miles de familias, propagaron epidemias... Los yibutíes morían de sed o ahogados.
Y el problema se agudiza. Yibuti extrae agua de los acuíferos subterráneos, pero los pozos se secan; cada vez tienen que buscarlos más lejos y cada vez deben excavar más profundo. En 1999, el Gobierno se quedó sin recursos y pidió ayuda a la comunidad internacional para socorrer a cien mil habitantes sedientos. Los yibutíes gastan mucho dinero en importar agua potable, principalmente de Yemen, y comienzan a desalar agua de mar. Todo es poco para abastecer a una capital de 250.000 habitantes, insostenible en el desierto. Cualquier sequía futura empujará otra vez al borde de la muerte a miles de yibutíes.
Contra este destino se levantan los únicos elementos verticales en este paisaje reseco y horizontal: unos bidones oxidados que aparecen cada decena de kilómetros en la cuneta de la carretera. A su alrededor suelen reunirse cabras, burros, algún camello, y a veces el pastor que los cuida. Los camiones cisterna recorren la carretera cada dos días y llenan de agua esos bidones. Este método ha cambiado las rutas estivales de los nómadas: antes, durante la época seca -la rematadamente seca, se entiende- acampaban cerca de los pozos naturales, pero ahora las reservas del subsuelo se agotan y los nómadas necesitan plantar sus tiendas cerca de la carretera nacional, escondidos tras las colinas, a la espera del camión que les trae agua.
La carretera por el desierto anima al chófer a pisar el acelerador. Salta de bache en bache, acelera al máximo antes de subir las colinas y desciende atajando por la izquierda las curvas sin visibilidad.
-Doucement! –le grita Josu, en balde.
Al rato, el paisaje se torna caótico: parece una gran escombrera de lavas y basalto. Entramos en el Rift, la región donde convergen tres placas continentales en un ángulo de 120 grados: la africana, la arábiga y la somalí. La placa de Arabia se desplaza deprisa hacia el norte y se distancia dos centímetros al año: cinco veces más rápido que la separación entre la placa africana y la somalí. La placa árabe está casi liberada de la africana. Hoy en día, apenas las une un puente precario: este mismo territorio sobre el que pasamos con la furgoneta. Las placas continentales tienen un espesor de docenas de kilómetros, pero debajo de nosotros sólo quedan dos o tres kilómetros de esa corteza. Y este puente frágil está a punto de quebrarse, a golpe de terremotos y erupciones. Yibuti, situado justo encima, se hunde.
En pleno Rift, un ramal de asfalto se separa de la carretera principal para descender hasta la depresión del lago Assal: hace siglos, las tierras del Assal se situaban sobre el nivel del mar, pero se fueron desplomando en medio de las dos placas que se alejan. Ya se han hundido hasta los 157 metros bajo cero, y el océano invade la depresión por las grietas subterráneas, gota a gota.
La furgoneta se detiene en el cruce con el ramal. Alrededor de cien casetas se alzan, como un espejismo, en este yermo lunar. Es una especie de colonia humana en otro planeta, una avanzadilla de pioneros que nació hace cinco años, para albergar a los trabajadores de la explotación salina del lago. Debe de ser el asentamiento humano más caluroso del planeta, pero nadie se ha preocupado aún por bautizarlo y se le nombra por perífrasis: el pueblo del cruce del lago Assal.
Anteayer, en la oficina de turismo de Yibuti, preguntamos al director Habib si podríamos bajarnos en este cruce y esperar a que alguien nos llevara hasta el lago.
-Ni se os ocurra. Desde el cruce faltan diecisiete kilómetros hasta el Assal. Y es el puro infierno. Os quedaréis allí, en la nada, esperando a que un camión de la explotación salina os lleve y os traiga -a Habib, preocupado, se le ocurrió otra opción, y remató sus advertencias apuntándonos con el dedo índice-. No lo intentéis a pie por nada del mundo.
Habib tenía razón. En el desierto, las temperaturas al sol -es que no hay sombra suficiente para cobijar un termómetro- superan los sesenta grados y se puede freír un huevo sobre los guijarros. Las caravanas de los nómadas sólo se atreven a cruzar esta región de noche. Ni se nos ocurre bajar de la furgoneta, sólo queremos que salga de aquí cuanto antes. Al fondo, apreciamos la depresión del Assal. Volveremos allá para acabar nuestro viaje en el fondo de África.
La furgoneta corre de nuevo por la orilla del Ghoubet al-Jarab (el golfo de los Demonios), una pequeña bahía que se comunica con el golfo de Tadjoura a través de un estrecho de setecientos metros. La mitología local cuenta que los demonios del golfo arrastran hasta el fondo a quienes se aventuran en sus aguas. Una montaña semiesférica brota en mitad de este minúsculo mar interior, como otra muestra del acné volcánico que desfigura la región del Rift: es la isla del Diablo, un cráter submarino que emergió y en cuya cima se encuentran fósiles de ostras. Este islote sorprendente contribuye a la leyenda negra del lugar. Los pescadores se aventuran en el golfo con muchas precauciones y se relatan casos de niños desaparecidos, sucesos muy lógicos si se tienen en cuenta las corrientes de hasta nueve nudos que se producen en el estrecho con las mareas. Pero muchos prefieren atribuirlos a la leyenda de este peculiar lago Ness. Como en el lago de Escocia, algunos investigadores sugieren que grandes especies de fauna submarina pululan por las aguas oscuras y profundas del Ghoubet al-Jarab.
La furgoneta no entiende de infiernos y diablos, y cruza como si nada las heridas de los continentes. Pasamos de la placa africana a la placa arábiga sin miramientos. Si Yibuti se desgajara ahora, el aeropuerto nos quedaría al otro lado de la grieta.