| |
| |
|
|
|
Los
fantasmas negros de Australia
Comemos en la mesa de un parque de Port Augusta
(Australia del Sur), cuando una abuela aborigen se
acerca gritando: “Bienvenidos a mi país”. Subraya el
posesivo. Es una señora rechoncha muy negra, de pelo
rizado, con la nariz aplastada y ese vozarrón
vitriólico tan característico de los aborígenes. Se
viste con zapatillas deportivas, pantalón de
chándal, jersey azul de lana y un pañuelo blanco en
la cabeza. Le invitamos a comer salchichas y a
cambio decide contarnos su historia. Se llama Joy
Schmerl y habla inglés sin problemas, aunque su
lengua materna es el luridja.
-Yo no nací en un hospital. Nací en el desierto de
Simpson -despliega nuestro mapa del outback y pasea
la mano por una enorme región vacía-. Mi madre murió
y me criaron con leche de camella. Estudié en
Oodnadatta, una aldea del desierto, después me
adoptaron unos blancos de Adelaida y viví con ellos
en la ciudad.
Su historia trae el recuerdo de la Generación
Robada. Entre 1880 y 1960 las autoridades
australianas secuestraron a cien mil niños
aborígenes para educarlos a la europea. Los
funcionarios llegaban a las aldeas del desierto,
metían a los niños en camionetas y se los llevaban a
la ciudad, sin explicaciones. Muchos australianos
blancos no consideraban humanos a los aborígenes: lo
máximo que se podía hacer por los habitantes de esta
raza miserable era “intentar incorporarlos al rango
más bajo de la sociedad civilizada”, según uno de
los promotores de los secuestros de niños. “Los
aborígenes no tienen sentimientos como nosotros”,
explicaba el inspector James Isell a sus agentes.
“Hacen aspavientos, gritan y lloran cuando nos
llevamos a los niños, pero enseguida se olvidan y
siguen su vida normal”. A los niños les decían que
sus padres habían muerto o que ya no los querían;
luego utilizaban a las chicas para el servicio
doméstico y a los chicos como mano de obra para el
campo. Estas atrocidades no se hicieron públicas
hasta 1997.
Joy Schmerl toma nuestra armónica y toca una
canción. Le quiero sacar una foto, pero entonces
deja de soplar y se gira para esconderse. Pido
perdón, me da la mano y sigue tocando. Luego deja la
armónica y canta canciones de misa, una tras otra.
Cada vez que dice “Jesús”, mira al cielo y extiende
las palmas.
-Soy católica -confiesa a media sonrisa-. Cuando le
canto a Dios, mis pecados salen por la espalda y el
diablo se va corriendo. Porque el Diablo siempre
está por aquí, aunque no lo veamos. ¿Conocéis los
Pokemon, esos muñecos para los niños? Son 150
muñecos y tienen todos los nombres del Diablo.
A partir de aquí nos habla en torrente, de Noé, de
Abraham, de Moisés, del éxodo de los judíos. De
pronto se calla, respira hondo y suelta una
retahíla:
-Aser, Zabulón, Neftalí, Isacar, Manasés, Dan,
Efraím, Benjamín, Gad, Rubén, Judá y Simeón -después
de recitar las doce tribus de Israel, se queda en
silencio y nos mira con una sonrisa de orgullo.
Luego Joy remata su conclusión-. Quiero estudiar
Teología.
A los postres, nos dedica varios consejos.
-Estoy muy contenta de haberos conocido, porque
venís de lejos, de la tierra de Jesús y de la
Biblia. Ahora somos amigos y debéis escucharme,
porque yo conozco el desierto -se le aceleran los
pulsos, habla en tono histérico, gesticula y a veces
grita-. Por favor, no entréis al desierto...
¡Maldito desierto! ¡Es la tierra de los hombres
muertos! Al menos comprad unas medias de señora para
la furgoneta, os lo ruego. Comprad unas medias y
proteged con ellas el filtro de aire, porque si no
el polvo y la arena os lo cegarán, griparéis el
motor, os quedaréis tirados en el desierto y
moriréis. Os lo pido por el amor de Dios: quizá un
ángel os esté hablando por mi boca -se gira para
mirarme-, quizá es tu madre quien habla por mi boca
y te avisa para que tengas cuidado.
En nuestro mapa del outback aparece el dibujo de un
águila, aquila audax, y Joy la señala con el dedo:
-Es la reina del desierto, el símbolo de nuestro
pueblo. Si morís en el desierto, os encontrarán
porque verán que el águila vuela en círculos sobre
vuestros cadáveres. Pero basta con que uno de
vosotros sea cristiano, eso os salvará a todos.
Reza para que tengamos un buen viaje. Nos da sus
señas para que le escribamos, nos abraza y al final
me susurra al oído:
-Si quieres, puedes sacarme una foto con tus amigos.
(…)
Desde Coober Peddy la carretera avanza otros
seiscientos kilómetros por el desierto y, de pronto,
al pie de una sierra antigua y erosionada, brota una
pequeña ciudad: Alice Springs, un extraño milagro de
la terquedad humana. Allí, en el centro de
Australia, se extiende una cuadrícula de calles
apáticas, en las que se alinean casas bajas
adocenadas. Pero precisamente son esa vulgaridad y
esa apariencia de rutina las que resultan
asombrosas, porque estos barrios apacibles se
levantan al borde de una desolación terrorífica: por
cualquiera de sus costados Alice Springs está
asediada por dos mil kilómetros de desierto.
Alice Springs nació en 1872 como una de las doce
estaciones telegráficas que transmitían los latidos
metálicos del morse desde Adelaida -en la costa sur-
hasta Darwin -en la costa norte-. La modesta
estación se levantó a la vera del manantial Alice,
bautizado así por la mujer de Charles Todd, director
de telégrafos de Adelaida. La señora Alice jamás
pisó ese minúsculo oasis, pero imprimió su nombre
sobre el topónimo Thereyure que le habían dado al
pozo los aborígenes arrernte, quienes bebían allí
desde hacía veinte mil años. Junto al estanque
poblado de juncos y eucaliptos aún se alza la
oficina del telégrafo y la casa de piedra en la que
residían el telegrafista y su familia, aislados en
el centro del desierto, entregados día y noche a
martillear los mensajes que cruzaban el continente
saltando de estación en estación como langostas.
Vivían unidos al resto del mundo tan sólo por ese
hilo telegráfico umbilical. Los guías turísticos de
hoy relatan la historia escalofriante de aquel joven
telegrafista que en 1874 recibió un lanzazo de los
aborígenes y aún tuvo fuerzas para arrastrarse y
telegrafiar una despedida a su mujer, que vivía a
cientos de kilómetros, en Adelaida: esas últimas
palabras, talladas a golpe de morse, viajaron por
las yemas de los dedos de sus colegas telegrafistas,
mientras el herido se desangraba sin remedio.
Alice Springs prosperó hasta convertirse en pueblo
porque en 1887 se descubrió oro en las cercanas
montañas MacDonell y cientos de excavadores se
instalaron junto a la estación telegráfica y el
estanque de Alice. El oro se agotó pero los mineros
y sus familias se quedaron. Hasta hace sesenta años
el único contacto de los habitantes de Alice Springs
con el resto del mundo consistía en el Ghan, el tren
que llegaba desde Adelaida los sábados -si podía-
con las provisiones, el correo, los periódicos y los
rollos de películas para el cine. Los silbidos de la
locomotora anunciaban el mayor acontecimiento en la
vida del pueblo y los vecinos acudían en masa para
comprobar quién venía y qué traían. La carretera
asfaltada no llegó hasta 1942, cuando el ejército
estadounidense pasó por Alice Springs echando
alquitrán por el desierto a toda prisa para
aprovisionar bien la costa norte, donde los
japoneses amenazaban con desembarcar. Por entonces
el pueblo no disponía ni siquiera de electricidad:
la primera bombilla se encendió tras la guerra, en
1946.
Ahora Alice Springs rebosa de hoteles lujosos,
agencias de viaje y agencias de turismo aventurero,
centros comerciales y galerías de arte aborigen. La
ciudad (porque ya reúne 25.000 habitantes) se ha
convertido en una especie de parque temático para
“vivir la experiencia del outback”. Los folletos no
precisan demasiado qué significa ese eslogan: rutas
por el desierto en todoterreno o avioneta, paseos en
camello, danzas y espectáculos nativos, incluso
ceremonias místicas para turistas de espiritualidad
difusa alrededor del gigantesco monolito rojo de
Uluru (antes Ayers Rock). Pero en el escenario de
este gran negocio deambulan grupos de personajes
marginales con vidas destrozadas: los aborígenes.
En la calle Todd, eje comercial y turístico de Alice
Springs, los turistas escribimos postales en las
mesas de las terrazas, desayunamos café y cruasanes,
y nos esponjamos bajo el sol tibio de la mañana. Al
otro lado de esta calle peatonal, diez o doce
aborígenes, hombres y mujeres, se apiñan alrededor
de un banco del parque como una bandada de palomas
negras. Visten mocasines despellejados, pantalones
de chándal, jerséis grasientos. No hablan, su mirada
flota perdida. Un cartón de vino circula de mano en
mano. Los dos más jóvenes -es difícil precisar la
edad- se tumban sobre la hierba, cara al cielo, y
encienden cigarros uno tras otro. Alrededor del
grupo se extiende un vacío desolador de cincuenta
metros a la redonda; hasta los balones que chutan
los niños blancos se detienen en la linde de esa
burbuja de soledad impenetrable.
En la calle Todd los blancos y los negros se cruzan
sin mirarse. Por un lado, individuos negros de
pelambreras enfurecidas, grandes narices aplastadas
y voces roncas, que al parecer conservan leyendas y
cantos ancestrales sobre la creación del mundo,
dibujan trazos misteriosos en cortezas de eucalipto
y comen semillas y gusanos; por otro, individuos
blancos que en su mayoría hacen turismo ataviados
con gafas de sol, sombreros de explorador y
videocámaras digitales colgadas al cuello. Parece
que alguien ha jugado con una máquina del tiempo y
ha citado en esta calle a dos especies humanas
pertenecientes a épocas distintas. Pero esa es la
gran mentira.
La tentación de pensar que ellos y nosotros
pertenecemos a dos épocas distintas conduce a un
prejuicio culpable. Nos convencemos, al menos
inconscientemente, de que nosotros somos los
verdaderos habitantes del mundo actual, dueños del
presente de pleno derecho, mientras observamos a los
aborígenes con el paternalismo de quien admira una
reliquia prehistórica. Pero esos chicos que fuman
tumbados boca arriba en el parque, mientras sus días
se desvanecen como las nubes del desierto, vinieron
a este mundo a la vez que yo. Y hoy en día, el mismo
día en que yo viajo a su país por placer, entre su
gente se registran unas tasas disparadas de
alcoholismo, paro, encarcelamientos,
hospitalizaciones, mortalidad infantil. Y un índice
alarmante de suicidios entre esos mismos jóvenes:
viven en uno de los países más ricos, sanos y
democráticos del mundo, pero a muchos la existencia
se les presenta como un infierno sin escapatorias.
Nuestros prejuicios ombliguistas y hasta
benevolentes sobre los aborígenes pueden parecer
inocuos, pero hace dos siglos desencadenaron una
masacre continuada en Australia. Primero fueron las
ideas ingenuas de James Cook, el descubridor europeo
de este continente: “El aspecto de los aborígenes es
el más miserable de la Tierra, pero son mucho más
felices que nosotros. Viven en el puro estado de la
naturaleza”. Cook, que tenía órdenes de negociar los
derechos de las tierras con los nativos que
encontrara, consideró que los aborígenes formaban
una sociedad primitiva incapaz de organizarse o de
desarrollar el sentido de la propiedad. Por tanto,
proclamó que aquel continente era terra nullius
(tierra de nadie) y lo reclamó para la corona
británica. No lo hizo por maldad, sino por una
profunda ignorancia: las sociedades nativas eran muy
complejas -más de quinientas tribus y setecientos
dialectos cuando desembarcó Cook- y poseían vínculos
profundos con la tierra, complicados lazos entre
vecinos, ritos de posesión, redes de comercio. Se
habían adaptado al desierto más hostil y llevaban
allí 40.000 años. Pero su cultura y sus hábitos
parecían simples y primitivos a ojos de los
europeos, y éstos juzgaron que los aborígenes eran
unos salvajes protohumanos. “En Europa”, escribe el
periodista Ryszard Kapuscinski, “tienen la costumbre
de escribir que los pueblos del desierto son unos
subdesarrollados, secularmente atrasados. A nadie se
le ocurre pensar que no se puede emitir tales
juicios sobre unas gentes que, en las condiciones
más adversas para el hombre, han sabido sobrevivir
durante milenios y crear el tipo de cultura más
preciada, por ser práctica, una cultura que ha
permitido existir y desarrollarse a pueblos enteros,
mientras que caían y desaparecían de la tierra para
siempre muchas civilizaciones sedentarias”. El
juicio sobre los aborígenes no sólo fue injusto,
sino que supuso una condena de exterminio contra
ellos.
En 1926 el eugenista australiano J.H.Curle,
obsesionado por cuidar la pureza y la virilidad de
la raza británica (“la mejor raza blanca del mundo”)
y por luchar contra la entrada en Australia de
morenos europeos del sur (“las heces de Europa”),
también clavó su sentencia sobre los aborígenes:
“Desaparecerán antes de que termine el siglo XX y no
deberíamos hacer nada por evitarlo. La evolución,
que es sabia, ha rechazado a estos pueblos. Nuestra
tristeza por verles extinguirse no debe ser más que
una reacción sentimental. La evolución nos ha
preferido. ¿No es ésta la consideración suprema que
debemos hacer?”. Estos sucedáneos de ideas
darwinistas, fundidos con una lectura cristiana
descabellada, sirvieron para justificar un genocidio
y blanquear sepulcros. También los emplearon algunos
exploradores para diluir la responsabilidad de sus
asesinatos. Hacia 1870, Ernest Giles, el romántico
explorador que buscaba un paraíso para su ego en el
centro de Australia y acabó devorando crudo un
ualabí, escribió estas líneas: “Debemos progresar,
es un mandato que nos hace la Creación. Quizás
alguna vez nosotros seamos eliminados sin piedad por
otra raza infinitamente superior y más querida por
Dios. Ahora yo soy un peón de la Providencia, Dios
ha dispuesto que yo sea el primero en abrir el
camino, con mirada penetrante y paso decidido, hacia
regiones remotas. No soy culpable, no tengo
intención de derramar sangre de ninguna criatura
humana, pero si así sucede debo aceptarlo sin un
suspiro”. En 1875, cuando sufrió un ataque masivo de
los aborígenes, Giles los llamó “reptiles” en su
diario. La conciencia siempre necesita que
deshumanicemos al enemigo antes de aniquilarlo. Y de
esa deshumanización se encargaron los exploradores,
antropólogos, gobernadores, periodistas, sacerdotes
y científicos australianos, de cuyos textos
extraigo, en un vistazo rápido, esta gavilla de
calificativos sobre los aborígenes: bestias,
miserables, diablos, animales de presa, fieras de la
jungla, raza pestilente, gente horrenda, íncubos
detestables.
Durante un paseo por Alice Springs me desvío hacia
un parque para beber de la fuente. Desde un sendero
lateral llega una mujer aborigen joven, menuda y
sonriente, que también se acerca a beber. Ella
extiende la mano para cederme el paso. Le doy las
gracias, me agacho y pego un trago apresurado.
Después le toca a ella; bebe con calma. Cuando
termina, me extiende la mano otra vez y nos damos un
apretón.
-Me llamo Andrea -se presenta.
Le cuento que somos tocayos. Andrea sonríe y me da
otro apretón de manos. Intento prolongar la
conversación, aunque sea con tópicos de ascensor,
pero no se me ocurre nada. Una extraña vergüenza me
ata la lengua. Ella ondea una mano como despedida y
se marcha con pasos alegres y decididos, mientras un
veneno amargo me raspa los hígados. La razón me
previene contra sentimientos de culpa que no me
corresponden, pero reanudo el paseo con un resquemor
difuso.
Unas horas después me siento sobre el césped de otro
jardín para escribir unas postales. Enseguida se
acerca un aborigen de edad mediana: viste unos
pantalones vaqueros caídos y agujereados, una
camiseta publicitaria sembrada de lamparones y una
chaqueta de pana ajada; viene hacia mí
tambaleándose, con mirada de lunático, y cuando se
sienta a mi lado respiro una tufarada insoportable:
huele a sobaquina y orines, una podredumbre dulzona
y añeja. De un bolsillo de su chaqueta saca un
sándwich de carne y ensalada, envuelto en plástico
transparente, y del otro saca una lata de cocacola.
Los pone sobre el césped, delante de sus rodillas, y
entonces se presenta:
-Yabo -y me entrega una mano lánguida, que se
escurre entre mis dedos como un pez recién
descongelado.
Empieza a comerse el sándwich con mordiscos voraces
y regueros de saliva. De vez en cuando lo deja sobre
el envoltorio en el césped, termina de mascar, gira
el cuello y me habla. Entre sus dientes mellados
silba un aliento fétido. Arranca con una parrafada
de la que apenas entiendo alguna palabra en inglés:
“Yo fui guarda en el desierto”. El resto de su
discurso es un borboteo de voces guturales y
gruñidos, una riada de erres y jotas, una sucesión
de chasquidos ahogados, con esa voz alcohólica y
nicotinosa de tantos aborígenes que espanta a
quienes los conocemos por primera vez. De pronto,
Yabo se incorpora sobre sus rodillas y comienza a
gritar hacia los paseantes como si tuviera los
pulmones bañados en ácido. Los vecinos de Alice
Springs, acostumbrados, prosiguen su camino con
indiferencia. Los turistas se giran, sorprendidos,
ven la estampa grotesca del aborigen y luego retiran
de golpe la vista, asustados ante semejante despojo
humano. La locura de Yabo no es como el desvarío de
un borracho, parece el gemido brutal de una persona
con el alma arrancada. Y eso asusta.
Después del arrebato, Yabo se sienta de nuevo y se
gira hasta situarse cara a cara ante mí. Se esfuerza
por pronunciar palabras en inglés, como si
estuvieran rebozadas de espinas y se le clavaran al
pasarlas por la garganta.
-Dame cinco dólares -yo niego con la cabeza-. Dame
cuatro dólares. Dame tres dólares. Dame dos dólares.
Dame un dólar.
Le doy unas monedas. En mi gesto hay algo de querer
expulsar cuanto antes a este fantasma. Yabo se
guarda las monedas en el bolsillo de la chaqueta y
se queda unos segundos en silencio. Luego deja el
plástico y la lata sobre la hierba y se marcha,
intentando sostener con las dos manos la cintura de
sus pantalones.
En Alice Springs viven varios miles de aborígenes y
yo sólo me he acercado a dos. Andrea y Yabo. Me he
acercado a ellos con torpeza y vértigo. He palpado
una herida y he dado un salto atrás frustrante.
¿Por qué nos resulta tan difícil mantener encuentros
sosegados y normales con estas personas? El premio
Nobel de literatura Coetzee, sudafricano y blanco,
escribió esta frase en boca de un personaje: “Aunque
no pedí que aquel crimen se cometiera, se cometió en
mi nombre”. Y al hilo de esta sentencia, el
periodista Alfonso Armada habla del mal que
contamina sin haber empuñado un arma y sin haber
compartido una política, de una atmósfera moral que
pudre la sangre y el aliento de los que la respiran.
Los fantasmas nos asustan quizá porque hacen
palpable una ausencia, un vacío deslumbrante y
doloroso como el que describe Bill Bryson: “Los
aborígenes son menos del 2% de la población. Por lo
tanto, no cabe esperar verlos en grandes cantidades,
pero sí de vez en cuando: trabajando en un banco,
repartiendo el correo, poniendo multas, arreglando
una línea de teléfonos, participando en el
funcionamiento del mundo de forma productiva. Eso yo
no lo he visto nunca. Sin duda hay alguna
desconexión”. En la base de esa desconexión existe
una masacre que no podemos olvidar cuando nos
acercamos a un aborigen. En 1788, cuando llegaron
los primeros barcos británicos cargados con presos y
soldados, se calcula que en Australia vivían entre
750.000 y 1.500.000 nativos. Pongamos que un millón.
En 1900 ya sólo quedaban unos 60.000. En tan sólo un
siglo de presencia europea, de cada cien aborígenes
habían muerto 94. Probablemente, los seis que
sobrevivieron no estaban en condiciones -ni lo están
ahora sus nietos- de trabajar en un banco, repartir
el correo o arreglar teléfonos.
(…)
Australia alivió su conciencia en 49,11 segundos, el
tiempo que tardó la aborigen Cathy Freeman en correr
400 metros y conseguir una medalla de oro olímpica
en el estadio de Sydney. Pocos días antes de
aquellas Olimpiadas de 2000, Charles Perkins, uno de
los líderes aborígenes australianos, denunció ante
el mundo que Australia era “un país tan racista como
la antigua Suráfrica”. Las protestas de los nativos
manchaban el escaparate australiano, pero
precisamente una atleta aborigen, Cathy Freeman,
consiguió la medalla de oro número cien en la
historia del equipo olímpico nacional. Un triunfo
ideal para Australia, ahora que intenta encajar en
su identidad la historia de sus habitantes
originales.
Australia es una nación muy joven. Las
colonias-estado creadas por los ingleses en este
continente (Nueva Gales del Sur, Queensland,
Victoria, Territorio del Norte, Australia del Sur,
Australia Occidental y Tasmania) se federaron el 1
de enero de 1901 para formar un estado
independiente. Así que acaban de cumplir un siglo.
Su antigüedad como nación resulta ridícula si la
comparamos con los 40.000 o 120.000 años de los
aborígenes, pero en ese poco tiempo los blancos
arrasaron la frágil ecología australiana y
estuvieron a punto de exterminar a los habitantes
originales.
Ahora Australia es un país moderno, democrático,
ejemplo mundial de calidad de vida. Pero los
aborígenes tienen una esperanza de vida veinte años
menor que la del resto de los australianos, una
cifra comparable con las de los países africanos más
miserables. Australia es la única nación
desarrollada con una incidencia alta de tracoma -una
enfermedad vírica que a menudo provoca ceguera- y se
trata de una enfermedad exclusiva de los aborígenes.
Estos fantasmas negros forman un Tercer Mundo dentro
del Primerísimo, son el gran fracaso social del
país. Por cada cien mil aborígenes, 1.739 están en
la cárcel; entre el resto de los australianos esa
cifra se queda en 97. En el estado de Queensland,
donde los aborígenes son el 2% de los habitantes,
forman el 46% de la población reclusa. El 53% de los
delitos de los aborígenes se cometieron en estado de
ebriedad. Amnistía Internacional denunció que el
trato que se les daba en las cárceles era “cruel,
inhumano y degradante”: se les hacinaba en las
celdas y no recibían atención médica. A Willie
Wallace lo condenaron varias veces por beber
demasiado y alterar el orden público. En la última,
lo encerraron con otros veintisiete aborígenes en
una celda sin agua, sin luz, sin retrete, sin
colchones ni guardias. “Lo peor para Wallace”,
cuenta el escritor Manu Leguineche, “fue verse
reflejado en aquellos rostros destrozados por el
alcohol, en las chatas narices cubiertas de escamas,
en los ojos vidriosos y en los mismos vómitos.
Willie cayó en la postración. Suplicaba agua en vano
y llamaba a su madre, como los soldados cuando
pierden las guerras. Como nadie respondía a sus
llamadas, ató sus calcetines y se ahorcó en los
barrotes de la ventana”. Su abogado clavó una
especie de epitafio: “Willie Wallace sabía que no
tenía futuro. Sus amigos habían muerto borrachos y
sabía que no podía prosperar en una sociedad hecha
por los blancos y para los blancos. ¿Qué podía
hacer?”. En la década de 1980, al menos 103
aborígenes se suicidaron en prisión. Uno de ellos,
Charles Smith, que llevaba desde los 11 años en
reformatorios y cárceles, murió en 1983 después de
rajarse un ojo con una cuchilla de afeitar. Tenía 28
años y quería llamar la atención sobre su historia.
Los australianos arrancan el siglo XXI con la
voluntad sincera de pedir perdón y de encajar en sus
doscientos años los cuatrocientos o mil doscientos
siglos de la historia aborigen. Por eso, los 112.000
espectadores del estadio de Sydney rugieron de
alegría cuando la aborigen Cathy Freeman ganó la
prueba de 400 metros y cantaron el himno nacional
puestos en pie, mientras la campeona ondeaba la
bandera australiana y la aborigen. Unos días antes,
durante la inauguración, Freeman corrió el último
relevo con la antorcha, encendió la llama olímpica y
abrió los Juegos Olímpicos de Sydney. Millones de
telespectadores comprobaron cómo Australia dejaba su
representación en manos de una aborigen, todo un
signo. Pero la final de 400 metros redondeó la
jugada más allá de los símbolos, porque demostró que
en Australia los aborígenes disponen de
oportunidades para conseguir éxitos -medallas
olímpicas, por ejemplo-, algo que cada vez es más
cierto. Con semejante triunfo, Australia alivió su
mala conciencia y todo el continente gritó en una
especie de catarsis colectiva.
“Catherine la Grande, el Orgullo de Nuestra Tierra,
Nuestra Cathy paralizó a toda la nación cuando
corrió a por la medalla de oro”, se leyó en los
diarios. Australia es una nación muy joven que
necesita mitos nacionales para reforzar su
identidad. Y quién mejor que Cathy Freeman, que en
49 segundos fue capaz de incorporar 40.000 años de
historia aborigen a la identidad del país. La
campeona acaparó portadas de revistas, proliferaron
sus biografías y las mayores firmas deportivas
lanzaron campañas multimillonarias con su imagen. El
público australiano también adoraba a Cecilia Barber,
la madre de Cathy, objeto de homenajes y
entrevistas: “Cathy nos ha dado muchas
satisfacciones y yo sentía que debíamos compartir
esas satisfacciones con toda Australia”. Las
revistas mostraron fotos del álbum familiar de los
Freeman: los niños nadan en la piscina, juegan en el
jardín con sus padres, Cathy sonríe con el uniforme
del colegio... Estampas de una familia aborigen
felizmente integrada en la sociedad australiana.
Y la emoción de una historia dramática terminó de
convertir a Cathy en ídolo nacional: “Su hermana
Anne-Marie sufría una parálisis cerebral”, contó la
madre. “Un día me enfadé con Catherine porque no
quería entrenarse, y le dije: tu hermana está
inválida, tú tienes dos buenos brazos y dos buenas
piernas... ¡utilízalos! Y salió a entrenarse”. Salió
y llegó a campeona olímpica, un final de cuento.
Anne-Marie murió en 1990, poco después de que Cathy
ganara una medalla de oro en los Juegos de la
Commonwealth en Auckland (Nueva Zelanda) y paseara
por la pista la bandera aborigen, roja, negra y
amarilla, como también haría en los Juegos de la
Commonwealth de Canadá en 1994. “Catherine quería
enterrar su medalla de oro de Auckland con Anne-Marie”,
recordaba la madre, “pero no le dejé. La medalla era
suya, había trabajado mucho para conseguirla. A
veces pienso que esta medalla olímpica es un regalo
por todo el dolor que sufrimos con Anne-Marie”.
La medalla también fue un pequeño regalo para la
autoestima de los pueblos aborígenes, desposeídos de
su tierra, machacados y despreciados. En América del
Norte, Sudáfrica y Nueva Zelanda, los ingleses
admitieron que las sociedades nativas ocupaban esas
tierras, les reconocieron capacidad jurídica y
firmaron tratados con los habitantes -aunque luego
impusieran su dominio de todas maneras-, pero en
Australia James Cook dio a los aborígenes casi la
misma consideración que a la extraña fauna del
lugar, y estableció el principio de terra nullius
para legitimar la ocupación británica.
Al principio los colonos y los aborígenes
convivieron en relativa paz. Sin embargo, la vida
seminómada de los nativos chocaba con el pastoreo de
los colonos. En el interior desértico de Australia
los aborígenes vivían instalados en los parajes más
atractivos: praderas húmedas, orillas de arroyos,
pozos. Los pastores europeos llevaron sus rebaños
hasta esos lugares. Los granjeros destruyeron
campamentos nativos para levantar ranchos. Hacia
1800 ya había comenzado la disputa por las mejores
tierras, el agua y la caza. Los aborígenes,
expulsados y condenados al hambre, saqueaban de vez
en cuando los ranchos aislados y en las refriegas
mataron a algunos granjeros. Los colonos respondían
con expediciones de represalia que asesinaban a
docenas de nativos, hombres, mujeres, ancianos y
niños. El gobernador Macquarie ordenó organizar
“grupos de castigo para aterrorizar de vez en cuando
a las tribus supervivientes”. Los periódicos como el
Sydney Gazette, indignados porque los nativos
robaban ganado, jaleaban las matanzas: “Deben
aprender por la vía del terror”. Fuego de
mosquetones contra lanzas y bumeranes. Los grupos de
exterminio debutaron con la matanza de catorce
aborígenes. Y luego se perdió la cuenta de las
masacres, organizadas o espontáneas: los 28
aborígenes acuchillados en Myall Creek para vengar
un robo de vacas, los 70 acribillados cerca de Alice
Springs en respuesta al asesinato de un cazador
blanco de dingos, los 45 degollados cuyas calaveras
se enviaron a Inglaterra para ser estudiadas... El
teniente Snodgrass, gobernador de Nueva Gales del
Sur, dio otra alarma -“tenemos mil negros alrededor,
y si no los detenemos, pronto estarán dentro de
nuestras tierras”- y el mayor Nunn, comandante de la
policía montada, organizó una expedición para
erradicar a esos negros como a malas hierbas: sembró
su camino con cientos de cadáveres. En la isla de
Tasmania, en veinte años, el número de aborígenes
cayó de ocho mil a mil. Los gobernadores organizaron
el Cordón Negro, una línea de 2.200 soldados que
barrió la isla de costa a costa para matar a
aquellos humanoides rebeldes y confinar a los
dóciles en islotes cercanos, donde languidecieron
hasta extinguirse. En 1876 murió Trucanini, la
última aborigen de Tasmania, que en sus últimos días
había suplicado que no utilizaran su cadáver para
estudios científicos, como había visto hacer con sus
parientes. Rogó que la dejaran descansar bajo
tierra. En cuanto murió, expusieron sus huesos en
una vitrina. Y no los enterraron hasta 1976, cuando
surgieron las protestas de quienes rememoraban el
centenario de su muerte.
La contabilidad de la masacre es interminable. En
Melbourne, por ejemplo, de los nueve mil aborígenes
que vivían en la región, en 1863 ya sólo quedaban
645. Los estudiosos no se ponen de acuerdo al
establecer cuántos miles de nativos fueron
asesinados en todo el continente: algunos
historiadores apuntan veinte mil; otros, cien mil.
De todos modos, la masacre más espeluznante fue
silenciosa. Por cada aborigen asesinado, otros diez
sucumbieron ante las enfermedades europeas: viruela,
pleuresía, sífilis, varicela y hasta las gripes más
benignas exterminaron tribus enteras. A otros grupos
los confinaron en reservas para protegerlos del
contagio.
Ante el genocidio, los colonos británicos callaban
sus escrúpulos con apelaciones a la Biblia y a
Darwin. El pastor presbiteriano J.D.Lang -uno de
tantos- opinaba que los británicos no habían hecho
nada malo al apoderarse de las tierras de los
aborígenes: “Dios, al crear la Tierra, no tenía
intención de que fuera ocupada por hombres incapaces
de apreciar sus recursos, como los aborígenes de
Australia. El hombre blanco, al colonizar el
territorio de los nativos, sólo ha cumplido las
intenciones del Creador. El primer mandamiento de
Dios al hombre fue: ‘Sed fértiles, multiplicaos y
expandíos por la Tierra’. Los aborígenes no lo han
cumplido y, por lo tanto, no existe falta en
apropiarse de sus tierras”. La desaparición de los
aborígenes era penosa pero debía llevarse a cabo con
rapidez y con el menor dolor posible.
Aunque no faltó mucho, los aborígenes no se
extinguieron. A principios del siglo XX, cuando ya
sólo quedaban pocos miles de nativos, los periódicos
empezaron a denunciar los asesinatos y anunciaron
que los aborígenes estaban al borde de la
desaparición. Ante el relato de tantas crueldades,
los habitantes de las ciudades comenzaron a
protestar. Ya en 1838 se ahorcó a varios blancos
autores de la masacre de Myall Creek, y durante el
siglo XIX hubo un goteo de detenciones y juicios
contra algunos participantes en las expediciones
punitivas, pero sólo a partir de 1900 los
gobernadores y los jueces se tomaron en serio la
tarea de frenar las matanzas.
Las condiciones de vida de los aborígenes mejoraron
tras la Segunda Guerra Mundial, en un contexto de
descolonización planetaria, de proclamación
universal de los derechos humanos. El Gobierno
australiano multiplicó el presupuesto para ayudar a
las comunidades nativas; los trabajadores aborígenes
de las granjas, esclavos en la práctica, comenzaron
a ganar sueldos y a organizar huelgas para
dignificar sus condiciones laborales. Aun así, la
obtención de derechos civiles pasaba por renunciar
al modo de vida tradicional. Para conseguir el
derecho de voto debían presentarse ante un juez que
dictaminara su capacidad racional. En la práctica,
esa capacidad dependía de que el aborigen hubiera
roto lazos con la vida tribal y llevara una vida a
la europea, sólo así pasaban de ser habitantes de
las reservas a ciudadanos australianos. El pintor
aborigen Albert Namatjira alcanzó fama internacional
y fue recibido por Isabel II en 1954, pero el
ayuntamiento de Alice Springs le prohibió
construirse una casa porque no era ciudadano de
pleno derecho y sólo se le permitía vivir dentro de
una reserva. Namatjira obtuvo la ciudadanía
australiana en 1956, pero en 1958 pasó seis meses en
la cárcel por darle alcohol a un familiar que no era
ciudadano. Otras figuras aborígenes aisladas
mejoraron el prestigio social: el boxeador Lionel
Rose se proclamó campeón del mundo en 1968, la
tenista Evone Goolagong ganó el torneo de Wimbledon
de 1971. Pero detrás de esta fachada aún se
escondían episodios tenebrosos: los raptos de niños
aborígenes, aunque más disimulados ante la opinión
pública, funcionaron hasta 1970. Y hasta 1967,
cuando los australianos aprobaron en un referéndum
la concesión de derechos civiles para los
aborígenes, no se les incluyó en el censo: antes de
ese año no se les contaba como personas, eran un
elemento más de la fauna australiana. Así lo decían,
textualmente, algunos libros escolares. En 1976 una
ley aprobó la devolución de tierras a las tribus que
demostraran un vínculo histórico o sagrado con
ellas. Las compañías mineras de Australia
Occidental, propietarias de territorios inmensos, se
revolvieron contra la medida: “La cesión de derechos
sobre la tierra a los aborígenes representa un paso
atrás hacia el mundo del paganismo, la superstición,
los miedos y la oscuridad. Pone en riesgo la
prosperidad australiana y quiebra los derechos de
los propietarios actuales”, dijo Hugh Morgan,
portavoz de la Western Mining Company. De todos
modos, la devolución de las tierras avanzó a
zancadas: para el año 2000 los aborígenes poseían
títulos de propiedad sobre el 42% del Territorio del
Norte, por citar un caso, aunque casi siempre se
trataba de tierras desérticas sin ningún provecho
económico. La estrella del proceso fue Ayers Rock,
el gran monolito rojo y sagrado, que recuperó el
topónimo Uluru y volvió a manos aborígenes en 1985.
En Uluru, como en otros parques nacionales, los
aborígenes trabajan ahora de guardas y guías
turísticos, gestionan su funcionamiento y comparten
saberes con los científicos y los naturalistas.
Algunos aborígenes han completado sus conocimientos
con estudios académicos y son ellos mismos los
científicos encargados de los proyectos. En el
estado de Nueva Gales del Sur los trabajadores del
Servicio de Parques Nacionales y Naturaleza firman
este texto en los folletos que se reparten a los
turistas: “Reconocemos que los pueblos indígenas son
los custodios originales de las tierras y las aguas,
los animales y las plantas de Nueva Gales del Sur y
de sus paisajes variados. Reconocemos que el
sufrimiento y la injusticia provocados por la
colonización aún persiste para muchos aborígenes.
Sentimos pena y arrepentimiento porque la pérdida de
sus tierras tradicionales ha provocado un dolor
duradero al pueblo aborigen. Como trabajadores de
una agencia de gestión territorial, asumimos una
responsabilidad especial para alcanzar una
comprensión compartida del pasado. Reconocemos que
los pueblos aborígenes, aunque fueran desposeídos,
mantienen una diversidad de culturas vivas y un
vínculo único y profundo con las tierras y las
aguas. Nos comprometemos a respetar ese vínculo y a
aprender de él. Intentamos alcanzar la
reconciliación con los aborígenes en nuestro trabajo
diario”.
Esa reconciliación tembló en 1992 con una sentencia
revolucionaria. Eddie Mabo y otros cuatro activistas
aborígenes reclamaron su derecho de propiedad sobre
unas islas del estrecho de Torres. El Tribunal
Supremo de Australia les dio la razón con una
sentencia bomba: según los jueces, Australia no era
terra nullius cuando llegaron los británicos, porque
en el continente existían sociedades organizadas y
una forma peculiar de propiedad nativa, que nunca
fue eliminada por la colonización europea. La
Western Mining Company, esta vez en boca del
portavoz Ray Evans, volvió a escandalizarse ante
esta decisión que podía abocarles al desastre si les
obligaban a devolver las tierras a los aborígenes.
Evans tradujo lo que significaba la sentencia Mabo:
“Esos jueces han deslegitimado toda la colonización
de Australia”.
En teoría, a partir del caso Mabo los aborígenes
podían presentar reclamaciones sobre toda Australia.
En la práctica, a los aborígenes desterrados les
resultaba casi imposible demostrar un vínculo
histórico con las tierras. La ultraderecha atizó los
temores de que los blancos tuvieran que devolver el
continente entero y algunos líderes aborígenes
radicales alentaron ese miedo con sus peticiones
sobre la región en la que se asienta Melbourne. Sin
embargo, la mayoría de los aborígenes y gran parte
de la sociedad blanca australiana apuestan por
compartir el continente. Dos sociedades tan dispares
deben aprender a convivir, y ése es el gran reto de
la sociedad australiana cuando el país ha cumplido
su primer centenario.
En Australia viven ahora unos 400.000 aborígenes y
forman una minoría con problemas sociales muy
graves. Para remediarlo, el gobierno inició un
programa de subsidios y compensaciones que ha
fracasado. Llueve dinero hacia sus bolsillos, pero
los aborígenes, encerrados sin perspectivas en
suburbios marginales como el de Redfern, en Sydney,
caen en el alcoholismo y ven pasar la vida tumbados
sobre los parques. La polémica también envuelve a la
llamada “industria aborigen”: una élite de
aborígenes ha montado su modo de vida en torno a las
reclamaciones, las compensaciones, los subsidios y
los títulos de propiedad. Estallan casos de
corrupción y desvíos de millones, algunos líderes se
enriquecen y reivindican el separatismo –la creación
de un estado aborigen dentro del estado
australiano-, mientras el pueblo llano vive en la
miseria o confinado en reservas. Bob Katter,
ministro del estado de Queensland para asuntos
aborígenes, denuncia que las reservas y la propiedad
colectiva son una trampa para los nativos: “El
individuo no tiene ninguna propiedad, no puede sacar
dinero de un banco ni tomar iniciativas, vive
atrapado entre el comunismo y el feudalismo”. Una
nueva generación de líderes aborígenes también
denuncia que los títulos de propiedad de la tierra
sirven para muy poco: “Para qué queremos un terreno
de mil acres en el desierto... Nuestra gente
necesita salud, educación, trabajo”. Noel Pearson,
un líder aborigen de 35 años, publicó un texto
titulado Nuestro derecho a tomar responsabilidades.
En él critica la política de subsidios (“los
subsidios han minado la ley aborigen y nuestro modo
de vida. No tenemos responsabilidades”) y critica la
“industria aborigen” (“el derecho a la tierra no
resuelve casi nada en las vidas de los aborígenes.
La comunidad aborigen no es un solo pueblo, sino una
diversidad de gentes, que deben ser tratadas como
individuos, igual que los demás australianos”).
Muchos aborígenes no pueden volver a la vida
tradicional, no saben cazar canguros con lanzas ni
vivir en el desierto. Sobre todo, no quieren
convertirse en souvenir turístico. La compañía aérea
australiana Qantas decora sus aviones con motivos
aborígenes y los proclama “la obra de arte más
grande del mundo”. Así, el arte aborigen se presenta
al mundo como esencia australiana, pero los
aborígenes reclaman su papel activo y su derecho a
participar en los beneficios. El arte aborigen, una
vanguardia artística que cumple 40.000 años, mueve
millones en las galerías de Sydney, Londres o Nueva
York. Ese arte nativo, que representa con puntos y
motivos geométricos la creación del mundo y la
configuración del paisaje, atrae a miles de turistas
a Alice Springs, la ciudad que debe de poseer la
mayor concentración de galerías del mundo. Allí el
negocio aborigen parece en manos de los blancos,
mientras en los parques de la ciudad se tumban
nativos aburridos o borrachos.
Sin embargo, cada vez más aborígenes fundan sus
negocios, y las galerías anuncian que están
“regentadas por aborígenes” como título de garantía.
Lo aborigen vende. Los periódicos anuncian los
éxitos de aborígenes informáticos, pilotos,
sindicalistas y empresarios que triunfan en la
sociedad sin renunciar a sus raíces milenarias. Una
aborigen es campeona olímpica. Los políticos blancos
exhiben la imagen de una Australia que por fin ha
encajado la pieza aborigen en el puzzle de su
identidad. En mayo de 2000 una marcha por la
reconciliación reunió en Sydney a 250.000 personas,
algo jamás visto en el país. El periodista Cameron
Forbes formuló la clave para que la nación arregle
sus cuentas con el pasado y marche sin traumas hacia
el futuro: “El proceso de reconciliación representa
un regalo del pueblo aborigen que por fin puede dar
legitimidad moral a Australia”.
Ya está hecho el propósito de enmienda, la intención
sincera de reparar las miserias aborígenes. Ahora
queda la lucha diaria y el laberinto hacia las
soluciones concretas. En el centro de Alice Springs
un cartelón publicitario de una marca deportiva
ocupa cuatro pisos de una fachada con la imagen
gigantesca de Cathy Freeman: “Cambia el mundo 400
metros cada vez”. A sus pies, un abuelo aborigen
bebe cerveza y dormita sobre un banco. Aún se
necesitan bastantes medallas de oro.
|
|
|
|
|